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10/5/20

Crónica del D’A Film Festival 2020 (2/2)

La gran y más comentada sensación de esta edición del D’A Film Festival ha sido sin lugar a dudas My Mexican Bretzel, un documental de Nuria Giménez Lorang que cuenta a través de imágenes caseras la relación de Vivian y León Barrett entre los años 40 y 60 del siglo pasado. La originalidad viene a través de la forma en la que está contada, con una voz en off presente únicamente en subtítulos y con el  acompañamiento sonoro de efectos muy concretos. Si entran en el juego, disfrutarán mucho de una historia cortada por el mismo patrón de los grandes melodramas clásicos de Hollywood, con una lúcida reflexión sobre la construcción de la realidad y la importancia de lo ficticio en nuestras vidas. A mí particularmente se me atragantó a mitad del metraje su peculiar estilo narrativo, pero le reconozco su mérito y valor.



Otra película entre autobiográfica y experimental dentro de la programación del D’A Film ha sido La educación sentimental de Jorge Juárez. El film mezcla imágenes de un malogrado documental sobre el proyeccionista de un cine poco antes de la digitalización de las salas con las que plasman la relación de su director y protagonista con su novia, concretamente el distanciamiento que se produjo entre ambos tras pillarles de lleno la crisis económica al terminar la universidad. La película es una amalgama de ideas, historias y sensaciones en torno al fin de la ingenuidad y el celuloide para dar paso a una vida adulta complicada, gris y con menos encanto. Me interesa porque he pasado por muchas de las situaciones que se reflejan en ella (un voluntariado europeo como válvula de escape a una España decadente, la fascinación por el cine en 35 mm…) pero creo que su alcance es corto y muy pocos lograrán conectar con ella.



Las filmaciones caseras se han adueñado de esta edición del D’A Film. En Las buenas intenciones, la argentina Ana García Blaya parte de grabaciones de su infancia que introduce en la propia película para relatar el momento en el que su madre encuentra una vida mejor fuera del país, lo que provocaría que tanto Ana (Amanda en el film) como sus dos hermanos ya no podrían pasar tanto tiempo con su padre, que lleva años separado de su madre. Las buenas intenciones es una película muy sencilla pero muy tierna, una carta de amor que le dedica García Blaya a su padre, todo un personaje al que encarna Javier Drolas con muchísimo carisma. Es de ese tipo de personas despreocupadas que tienen el don de caer siempre de pie, pero con la que es muy complicado enfadarse, y con unas amistades a cada cual más peculiar. El cariño con el que Ana/Amanda mira a su progenitor es contagioso y se adueñe de este estupendo film.



Monsters es una película rumana dirigida y escrita por el debutante Marius Olteanu que sigue los pasos de una pareja en crisis. Mientras ella pasa la noche en un taxi, él acude a un encuentro con un hombre que ha conocido a través de una aplicación. Monsters versa sobre cuando en una relación llega el momento de decidir si merece la pena seguir engañándose a uno mismo, ya sea por comodidad, por miedo a lo que vendrá después o por presión social. Olteanu desvela de forma pausada y haciendo un inteligente uso de los cambios de la relación de aspecto de la imagen el conflicto interno de sus personajes, al tiempo que demuestra una gran habilidad a la hora de plasmar situaciones cotidianas, como las interacciones con el vecino pesado o el egoísmo y la despersonalización que se suele producir en los encuentros sexuales concertados por la red. Los protagonistas, Judith State y Cristian Popa, están fantásticos. En definitiva, una ópera prima muy sólida y notable.



Otro debut presente en el D’A Film es el de Mamen Díaz y su Violeta no coge el ascensor, película inspirada en Hannah Takes the Stairs (2007). Violeta Rodríguez, hija de David Trueba y Ariadna Gil, toma el testigo de Greta Gerwig encarnando a una joven que pasa el verano en Madrid como becaria de una editorial, donde se verá metida en un conflicto sentimental con dos compañeros de trabajo. La película es el mumblecore (subgénero del cine indie americano caracterizado por la naturalidad y el bajo coste) trasladado al cine español. Aunque al principio chirría que en algunas escenas aparezca la claqueta o la propia directora dando indicaciones a sus actores, al final no queda mal, y le da a la producción ese toque de “película hecha con los colegas” que en realidad es. No es gran cosa pero, al igual que La virgen de agosto (2019), retrata el verano en Madrid como algo más maravilloso de lo que seguramente sea, se le coge cariño a algunos personajes (ojalá un spin-off sobre la compañera de piso de Violeta) y retrata bastante bien la confusión millennial.



Los lobos de Samuel Kishi es un film mexicano sobre dos niños de 8 y 5 años que viajan con su madre de México a Alburquerque. Cuando llegan a territorio norteamericano, la madre se marcha cada día a trabajar prohibiendo a sus hijos que salgan del departamento donde residen, por lo que los críos tendrán que hacer uso de su imaginación para no aburrirse, con la esperanza de que algún día su madre cumpla su promesa de llevarles a Disneylanda. Los lobos ha sido definida como la The Florida Project (2017) mexicana, aunque también tiene un poco de Nadie sabe (2004). Con todo, la película de Kishi tiene suficiente personalidad propia, una producción muy cuidada, acertados insertos animados y unos niños protagonistas (y una casera asiática) muy entrañables. Como retrato de una situación extrema y dramática desde el ingenuo punto de vista infantil es tal y como se puede esperar, pero igualmente funciona a todos los niveles.



Por último llegó A Stormy Night, la película de clausura del festival. El debutante David Moragas dirige, escribe y co-protagoniza esta historia en la que da vida a Marcos, un documentalista que se queda atrapado en Nueva York por culpa de una tormenta. Marcos es rescatado por una amiga, que aunque no está en la ciudad, le invita a pasar la noche en su casa, donde también vive un amigo suyo. En la presentación de la película, Moragas declara que su película es un homenaje a las comedias románticas con las que creció, sobre todo las de Julia Roberts, aunque la verdad es que no hay nada de eso aquí. Los nombres de Woody Allen y Agnès Varda también son invocados a lo largo del film, pero su influencia no es demasiado acusada. A Story Night es el choque frontal que se produce entre dos personajes con personalidades tan opuestas como sus ideas acerca del amor, las relaciones, el trabajo y la vida, lo cual debería incentivar una atracción sexual que se ve mermada por la escasa química que hay entre los actores. Se agradece que no caiga en algunos de los lugares comunes del cine de temática homosexual, pero termina siendo una propuesta más ambiciosa de lo que consigue abarcar.



Y esto es todo lo que ha dado de sí el D'A Film Festival para un servidor. Ojalá volver a experimentarlo de nuevo, pero ya de forma presencial.

5/5/20

Crónica del D’A Film Festival 2020 (1/2)



Debido a la crisis del coronavirus, muchos festivales de cine han sido aplazados con la esperanza de poder celebrar su edición del 2020 antes de que acabe este aciago año. No es el caso del D’A Film, un festival barcelonés que ha tomado la valiente decisión de mantenerse estoico en sus fechas, pero trasladando la programación al streaming a través de Filmin. Cumpliendo el refrán que reza “no hay mal que por bien no venga”, esta iniciativa nos brinda a quienes no vivimos en la ciudad condal a conocer y disfrutar del festival. Mi idea original era verme dos o tres películas de su programación de 65 títulos y al final, entre lo que se encuentra rebuscando en el programa y las recomendaciones que llegan de las redes sociales, terminaré visionando bastantes más. Entre esta crónica y otra que llegará en la clausura del festival, haré un recorrido por todo lo que he llegado a ver en él.

Comenzamos con la película que inauguró el festival, Habitación 2012, la nueva película de Christophe Honoré (Vivir deprisa, amar despacio). Se trata de una comedia dramática sobre María (estupenda Chiara Mastroianni), una mujer que, tras tener una pelea con su marido al descubrir este que le era infiel, va a pasar la noche a un hotel enfrente de la casa donde viven. Como si de un Cuento de navidad sexual se tratase, María recibirá en su habitación la visita de diferentes personajes del pasado amoroso de ambos que le ayudarán a tomar una decisión sobre su matrimonio. La película empieza muy arriba pero conforme pasan los minutos va perdiendo la chispa, y aunque su reflexión acerca del amor presente, pasado y futuro contiene lecturas interesantes, su juego de espejos y fantasmas se queda a medio gas.



Hay que tener cuidado al hablar de Adam, pues se puede acabar de lleno en un jardín como en el que se mete la propia película. El debut en la dirección de Rhys Ernst, productor de Transparent, es la adaptación al cine la una novela homónima de Ariel Scharg que versa sobre un adolescente que pasa el verano del año 2006 en Nueva York con su hermana y los amigos de esta, quienes están metidos de lleno en el movimiento activista LGTBIQ. Al chico, que tiene las hormonas desatadas, se le ocurre la brillante idea de hacerse pasar por transgénero para ligar con una chica lesbiana. La película ha causado controversia en Estados Unidos, en parte por su propio contenido y en parte por el maltrato que recibieron los extras trans durante el rodaje. No creo que la película sea tan abominable como la pintan, pero sí que ofrece una imagen muy estereotipada y falocéntrica de las lesbianas, el guion se inventa cosas para no condenar los actos del protagonista, forzando la empatía hacia él, y la realización es plana tirando a cutre-televisiva. La verdad es que no me queda claro si es o no tránsfoba, así que solo añadiré que lo mejor es que sale Margaret Qualley.



De momento la película que más me ha gustado del festival ha sido Una vez más, pero porque siento que está hecha a partir de películas que me gustan mucho. La ópera prima de Guillermo Rojas versa sobre Abril, una chica que emigró a Inglaterra cuando empezó la crisis económica y que vuelve a su Sevilla natal por unos días. Allí se reencontrará con Daniel, su ex pareja, con el que pasará un día recorriendo la ciudad, poniéndose al día, rememorado sentimientos pasados y replanteándose su futuro. Las referencias de Rojas son más que evidentes: la trilogía Antes de… de Richard Linklater, Jonás Trueba, Woody Allen y muchas de las películas románticas de culto de los últimos años. El resultado es sólido, uniforme (salvo por la acumulación de desenlaces), traza una historia de un viejo amor creíble, expone el daño que hizo la crisis económica tanto a los que se fueron como a los que se quedaron, y aprovecha todo el encanto y la belleza de Sevilla sin parecer un vídeo promocional. Además, la protagonista, Silvia Acosta, es toda una revelación.



Durante 48 horas se pudo ver Little Joe dentro del marco del D’A Film, la nueva película de Jessica Hausner (Amor fou), directora a la que el festival le dedica su retrospectiva de este año. Emily Beecham ganó el premio a mejor actriz en el último Cannes dando vida a una madre soltera que trabaja desarrollando nuevas especies de plantas. Su última creación produce un olor que garantiza sentir la felicidad cuando está bien cuidada. Sin embargo, pronto empezarán a suceder cosas que le harán pensar que su obra no es tan inofensiva como parece. A medio camino entre La pequeña tienda de los horrores (1960) y La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), Little Joe es una inquietante y paranoico relato que cuestiona la dictadura de la felicidad y la conciliación familiar con un trasfondo de ciencia ficción. La dirección de Hausner recuerda a Yorgos Lanthimos en la utilización de largos planos sostenidos, zooms lentos y el fuera de campo, así como el uso de una música compuesta esencialmente por sonidos que generan incomodidad y muy mal rollo. Asimismo, el uso del color es exquisito. Sin embargo, el detonante de la trama arranca muy pronto y a mitad de metraje esta se torna un tanto monótona y reiterativa, y aunque el final es muy bueno, el tedio impuesto en su segunda mitad le resta impacto.



Lo mejor que he visto en el festival hasta la fecha ha sido Carne, un cortometraje brasileño que se vale de una animación muy creativa y variada para ilustrar la percepción que tienen cinco mujeres de distintas edades sobre sus propios cuerpos. Imprescindible. Otros cortos que se pueden ver en el marco del festival son Greata (Nàusea) y Gang, que ilustran, cada uno a su manera, el individualismo de las generaciones más jóvenes y su indiferencia respecto a los problemas del prójimo. La primera es tan breve y sencilla que se queda en anécdota, mientras que la segunda, famosa en las redes a cuenta de que no se corta mostrando a Àlex Monner masturbándose, muestra de forma efectiva cómo pueden producirse situaciones horripilantes como el caso de La Manada. En próximas días, continuamos con el D’A Film Festival. 



30/9/19

Crónica del 67º Festival Internacional de Cine de San Sebastián




Como siempre, vamos a desgranar lo que he tenido la ocasión de ver este año en la nueva edición del Festival de Cine de San Sebastián, ya en su 67 cumpleaños. Y, por primera vez, lo haremos en forma de lista. De lo peor a lo mejor, aquí van las 19 películas.

19- Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
Se trata de una película chilena que habla de la enfermedad en el seno de la pareja y de cómo esta afecta a sus relaciones internas. En este caso, entre dos mujeres cuyo amor es incondicional. En realidad, nada nuevo bajo el Sol. Pero no es esa falta de originalidad lo que me molesta. Sin irnos muy lejos, hace bien poco Fernando Franco presentaba en este mismo Festival Morir, hablando de lo mismo pero con resultados mucho más satisfactorios, y a muchos niveles. El caso es que hacía tiempo que no veía una película tan pagada de su propia pretensión y ampulosidad. En un intento fútil por manipular las emociones de los menos avezados (o del más cool, según se mire), el director José Luis Torres Leiva debe pensar que podemos tragar con los interminables primeros planos de sus actrices, y deleitarnos con ellos. Lejos de transmitir cercanía o intimismo, el espectador pierde la referencia espacial y el lirismo que despliega me empalaga, me resulta fuertemente antipático. Así pues, la película queda vacía en su pobre descripción del duelo, torpedeada una y otra vez por un ritmo en exceso moroso, sin que la belleza de sus imágenes, que no la hay, compense lo más mínimo el esfuerzo. Los personajes, en eterno compungimiento, se pasan toda la película con la misma expresión facial, y solo rompen la monotonía dos insertos de historias dentro de la historia, que si bien parecen aportarle algo de frescor al relato, la conexión con la trama principal parece algo dudosa cuanto menos, intrascendente y, en última instancia, un experimento fallido. En resumen, sencillamente podemos estar hablando de lo peor que he visto nunca en San Sebastián.




18- Zeroville
Como de experimentos fallidos va la cosa, el nuevo trabajo de James Franco, sin ser tan insoportable como el anterior, acaso es más decepcionante, viniendo de todo un (merecidísimo) ganador de la Concha de Oro. Franco nos trae la historia de un personaje amante del cine que trata de abrirse paso en el Hollywood del cambio de paradigma, aquel cuya generación de cineastas, por primera vez, bebían de influencias netamente cinematográficas. Primero como constructor escenográfico y luego como montador de cine, en lo que se intuye un homenaje a la profesión. Como planteamiento, es original, pues nos propone un juego metafílmico en el que a medida que su personaje aprende el oficio, el relato se enrarece y el montaje es más caótico. El problema es que no termina de encontrar un equilibrio adecuado entre experimentación, comedia y narrativa. Al contrario, lo que debería ser gracioso está mal ejecutado, el desfile de personajes secundarios resulta anodino, el relato se estanca en demasiadas ocasiones debido a las constantes piedras que Franco se pone a sí mismo y, en este sentido, cabe destacar su horrenda interpretación principal. Los apuntes estéticos parecen aludir al universo posmoderno de Harmony Korine, sin lograr jamás su capacidad de evocación ni su hipnotismo, y la dirección de actores, empezando por la de sí mismo, al último Nicolas Winding Refn, pero sin su coherencia interna. James Franco parece dar tumbos buscando una voz cinematográfica propia, apoyado en múltiples referentes, pero es obvio que aún no lo ha conseguido.




17- The Audition
Como músico profesional, la temática me interesaba a priori: una profesora de violín cuya constricción social forja un carácter impredecible, irritable y frustrado en esencia, y se analiza cómo esto se transmite de arriba abajo, de madre a hijo, de profesor a alumno. El sentido vertical del constructo social ya nos da una pista de que algo no se está haciendo bien, y surgirá el conflicto. Por desgracia, el drama transcurre a ritmo de tortuga, aderezado con escenas intrascendentes, de la mano de una dirección planísima y de unos actores que no me interesan. Muy mal descritos algunos secundarios, como la pareja de la protagonista, con nula química entre ambos, y deficiente manejo del drama, excesivamente opaco y escaso. En la línea de este tipo de dramas centroeuropeos, se incluyen escenas duras, que en este caso devienen en molestas para el espectador, como aquella en que hace repetir a su alumno una y otra vez un pasaje de violín. Un intento de emular a Haneke, sin la fuerza y la inteligencia de aquel. El apunte más interesante de su directora es justo el plano final, que eleva ligeramente su calidad tirando de mala baba y pesimismo.




16- The Other Lamb
En lo referente a la lista, a partir de aquí, entramos en el largo terreno de las medianías, que al final es de lo que más se nutren los festivales. The Other Lamb, película producida por, entre otras, la Zentropa de Lars Von Trier, parece ampararse en el universo estético y temático de sus producciones para narrarnos la historia de una secta en la que un líder posee toda una cohorte de acólitas sobre las que ejerce derecho de pernada. La temática sobre sectas no es novedosa, llega tarde. Tampoco su desarrollo ofrece conclusiones frescas. Por el contrario, su iconografía es pobre y sus metáforas se hallan subrayadas hasta el paroxismo. También adolece de una trama demasiado facilona y predecible, con un tono que en ningún momento termina de estar claro. Solo me interesa su ambientación, que una vez más encuentra en el bosque un elemento de misterio donde esconder al mal. Los paralelismos con Anticristo (Lars Von Trier, 2009) son evidentes, con algún homenaje directo bastante penoso. El plano final, una memez que provoca la risa involuntaria.




15- Las letras de Jordi
Estimable en su intención, Las letras de Jordi, un documental español sobre una persona con parálisis cerebral, no termina de encontrar un equilibrio adecuado en la forma de abordar el tema. Estructurado en un 80% en torno a las conversaciones de su directora con Jordi, el principal escollo al que se enfrenta el espectador es que es muy difícil que el mensaje llegue de la mejor forma por las propias circunstancias del documentado: para comunicarse, Jordi emplea un papel con todas las letras del abecedario, que va señalando una a una. A pesar de que la mirada de su directora es respetuosa, y se muestra totalmente comprometida a desentrañar el mundo interior de su protagonista, es un hándicap demasiado grande cuando se trata de buscar la mejor forma de comunicarlo. La película se estanca ahí y es imposible sacarla del atolladero formal. Lo que más me interesa, es la evolución en la relación entre entrevistado y entrevistadora, que nos muestra cómo, a través del proceso de grabación del documental, esta va obteniendo una paulatina mejora en la comprensión, van adquiriendo un vínculo mayor y la fluidez en la comunicación comienza a mejorar. Los aderezos y apuntes sobre religión no terminan de encajar bien. Por tanto, y a pesar de su conciso metraje, los alicientes no compensan.




14- Mientras dure la guerra
La nueva película del celebérrimo Alejandro Amenábar nos narra, en clave de drama histórico, los días de Unamuno en Salamanca durante la sublevación militar fascista. El talento de Amenábar se intuye más comercial que otra cosa. Sabe simplificarlo todo para, haciendo gala de un didactismo molesto, llegar al gran público, que posiblemente disfrute de este ejercicio fútil de contarnos no se sabe muy bien qué. Porque, si lo que pretendía era homenajear a Unamuno, yo me pregunto qué habrá hecho el pobre para merecer semejante trato. Vaya por delante que la tarea era difícil de base, dada la naturaleza contradictoria y compleja del personaje. Pero eso no exime a su autor de responsabilidad cuando nos describe a un Unamuno sentencioso (la cultura del zasca trasladada de forma chabacana a los años 30), huraño pero bonachón, cuyo único afán es no mojarse hasta que, y solo exclusivamente por eso (bueno, y también si alguien “redacta mal”), secuestran a sus dos amigos. Las ideas que pone en su boca son igualmente pobres y diría que hasta peligrosas, como lo de que en España “unos y otros tienen parte de culpa, izquierda y derecha siempre discutiendo”. Si pobre es el retrato de Unamuno, caricaturesco es el de los militares del bando nacional, mención especial a un Millán Astray horrendo, escrito equivocadamente como descargo cómico. La producción de cartón piedra y su escritura deficiente hacen que, en resumen, no me crea nunca el guiñol, pero, lo que es peor, que me resulte hasta vergonzoso por momentos.




13- Y llovieron pájaros
La directora canadiense Louise Archambault nos trae este drama sobre un grupo de viejos ermitaños, su forma de afrontar la vida, y cómo acaban “adoptando” en su pequeña comunidad, de forma improbable, a otra anciana con enfermedad mental. La ternura con la que relata algunos de sus pasajes contrasta con el convencionalismo en las formas y con la excesiva reiteración de algunas ideas, como hacer cantar en demasiadas ocasiones a uno de sus personajes, empleando la música para transmitir su mundo interior. Acaba cansando. Eso sí, cuando la cámara se aleja del lago donde viven los ermitaños, la película pierde muchos enteros, amén de los personajes de la fotoperiodista y del trabajador del hotel, cuya relación está mal escrita y carece de interés. Al final, tenemos una película que no molesta, y quizá ese es precisamente su punto débil, cóctel descafeinado, plagado de decisiones dudosas y con un metraje inflado que no termina de convencer. Nadie la recordará.




12- Los miserables
Recientemente premiada en Cannes, Los miserables es un drama social francés de Ladj Ly sobre la delincuencia en el barrio de Montfermeil en París. Posee una estructura narrativa algo amorfa; la película avanza con un drama central algo pobre y con una trama que recuerda a otras cosas que ya has visto antes (Training day, por ejemplo), pero con un esquema formal reiterativo y plano. Se tiende al maniqueísmo y, por ende, a la simplificación en la construcción de los arquetipos, amén de todo un desfile de secundarios anodinos. También a la exageración de los elementos descriptivos de la miseria y a la recreación excesiva en los mismos. Cuando, en determinado punto de la película, esta parece que va a terminar, aún prosigue casi 20 minutos más, en una jugada que, ciertamente, me descoloca, pero me acaba convenciendo acaso porque son las escenas de más fuerza de todo el metraje. Lástima esa tendencia al tremendismo y a la moralina más burda, al estilo de American History X, que destruyen una película en la que se intuye el talento, pero puesto al servicio de la espectacularidad y la manipulación.




11- Sorry We Missed You
Con defectos similares, este otro drama social, ahora del británico Ken Loach, recuerda más a las películas de los Dardenne por temática. Pero, ante todo, es un guion más de Laverty al servicio de Loach, para lo bueno y para lo malo. Tocaba ahora hablar del problema de los falsos autónomos trabajando para empresas como transportistas sin apenas derechos laborales. Brillante el arranque, en el que se describe la situación del protagonista a través de una simple entrevista de empleo (“no trabajas para nosotros, trabajas CON nosotros”). La trama, como casi siempre en Loach, es una excusa para hablarnos de la eterna lucha del proletariado frente al capitalismo voraz. Para mostrarlo, Laverty describe personajes, familias, eternamente al borde del precipicio, inermes ante cualquier contratiempo. Pero es precisamente su tendencia a recrearse en la miseria de la familia protagonistas lo que hace que se atasque. Me es difícil creer tanto contratiempo. Mientras, aderezos de sentimentalismo barato y obvio trufan la historia de este héroe moderno que lucha por sacar adelante a su familia, enfrentado a un trabajo alienante y a un hijo rebelde pero bueno en el fondo. Demasiado simplista.




10- Patrick
Aunque por los pelos, más pasable es esta película portuguesa sobre un chaval de 20 años que fue secuestrado y arrancado de su familia con 8. El nombre de Patrick es empleado durante la película como sinónimo de una nueva identidad, forjada durante los años posteriores a su secuestro, en contraste con Mário, su nombre de nacimiento. Este dualismo se explora a través de un viaje a su infancia, reencontrándose con una madre que también perdió algo de sí misma cuando Mário desapareció. Nunca volverá a encontrar lo perdido. En este sentido, la película es rica en su escritura y me interesa la hondura de sus dolorosas conclusiones. Interesantes son también los apuntes en torno a su tormentosa relación con el secuestrador. El problema principal es formal. La dirección, demasiado plana, y sus imágenes, de irregular calado, no ayudan a hacer más digerible el trago. Tampoco el exceso de hermetismo en la escritura del personaje principal, irremediablemente antipático, a pesar de que es el motor de las emociones del film. Esto, unido a un ritmo moroso que se deleita demasiado escudriñando los rasgos físicos de su protagonista y sus intrascendentes desplazamientos, más algún que otro agujero de guion, la hace una película difícil, y torpedea el fluir de la trama. Los momentos mejor dirigidos, donde más se intuye el genio detrás de la cámara, son aquellos que describen la relación con su prima, de lo poco realmente bello en Patrick.




9- Proxima
El contrapunto a la recién estrenada Ad Astra, que explora la relación paterno-filial, es esta película francesa de la directora Alice Winocour sobre una astronauta, interpretada por la fantástica Eva Green, que se dispone a realizar su primera misión larga en el espacio, teniendo que lidiar por el camino con los problemas habituales de ser madre y mujer en un mundo mayoritariamente dominado por hombres. El homenaje es pertinente y realizado desde una sensibilidad bien medida. Por el camino, algunas ideas interesantes, como ese momento en que los niños descubren por primera vez el significado de la muerte, que algún día ellos y sus padres morirán, o el miedo a la separación, brillantemente reforzado por la idea del astronauta que despega de la Tierra. Muy bien rodada la relación entre los personajes de Eva Green y su hija, interpretada por Zélie Boulant, transmitiendo complicidad y ternura. Lástima que la emotividad nunca termine de alcanzar altos vuelos. En determinada escena, recuerdos a París, Texas, el espectador se encuentra buscando un clímax emocional que no termina de llegar del todo. En parte, la interpretación comedida de Green funciona, pero la encuentro perdida a la hora de transmitir sentimientos profundos. Tampoco termino de creérmela del todo como astronauta. Menos aún a Matt Dillon, perfecto como asesino en serie en La casa de Jack, pero errático en este papel. El tramo final, con el momento del despegue del cohete, es bello y emocionante, acaso lo que más de la película, pero inmediatamente después Winocour añade un epílogo innecesario que no aporta nada.




8- La verdad
La nueva película de Koreeda, en lo que ya viene siendo una tradición anual en San Sebastián, traslada con éxito a Francia el mundo fílmico del nipón, a través de la historia de una vieja actriz de éxito y las rencillas internas con su hija. Protagonizada por Catherine Deneuve en uno de los mejores papeles que le recuerdo en mucho tiempo, y por Juliette Binoche, algo más intrascendente, la comedia suave y el drama amable pero hondo que suelen vertebrar las películas de Koreeda se amoldan a la perfección a esta historia sobre la mentira, el orgullo y la mascarada en el seno de una familia acomodada francesa. El japonés tiene sobrado talento para narrar, para hacer avanzar sus pequeñas historias sin que perdamos interés. Deneuve, que parece de algún modo haber asimilado los gestos (y también la escritura) de los personajes habitualmente interpretados por la ya fallecida Kirin Kiki, musa de Koreeda, se echa la película a los hombros, como personaje central sobre el que orbitan el resto, con algún paralelismo con la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses. También es interesante observar cómo el japonés, con una tradición fílmica que bebe sobre todo de Ozu, asimila una sensibilidad más europea sin perder en ningún momento su esencia. La ausencia de concesiones al espectador y tal vez de mayor hondura en el tratamiento del drama (no me termino de implicar o emocionar del todo nunca) la hacen algo olvidable, pero es sin duda otro éxito, aunque moderado, en la excelente filmografía de su autor.




7- Monos
Elegida por Colombia para representarles en los Óscar, Monos es una película feroz y con nervio que narra la historia de un pequeño grupo paramilitar formado por adolescentes que han secuestrado a una mujer americana. La estilización de manos de su director Alejandro Landes está medida con precisión de cirujano: en todo momento elige la fotografía adecuada, el movimiento de cámara adecuado, o el plano fijo cuando es requerido. También la disposición de los elementos en el cuadro se halla perfectamente estudiada. Todo esto coadyuva en una película que destila rabia y fuerza, una extraña belleza de la violencia, del terror. Las interpretaciones son fantásticas, pocas veces unos actores tan entregados a sus papeles, rayan lo doloroso, tan físicos pero también con sentimientos al borde del colapso. La música es un elemento que genera tensión con una creatividad reseñable. El problema de Monos es que la trama parece estancarse en demasiadas ocasiones, y añadir elementos de repetición, o formularios, en otras tantas. El aporte de exotismo le viene muy bien a la mezcolanza de referentes, que van desde La chaqueta metálica, pasando por El señor de las moscas o, incluso, Defensa, de John Boorman. Una película más que estimable.




6- El tiempo contigo
Tras el exitazo internacional de Your Name, Makoto Shinkai, erigido en uno de los nuevos máximos referentes del anime tras la (¿)retirada(?) de Miyazaki, se propone repetir el éxito de aquella (como muestra, su elección por Japón para representarles en los Óscar) empleando la misma fórmula: una historia de amor central entre dos adolescentes en la que media algún tipo de elemento fantástico. En este caso, la protagonista (aunque la película se posiciona en el punto de vista del chico) posee el poder de manipular la meteorología a su antojo. En un Japón eternamente lluvioso, ella es la única persona que puede traer la luz. La metáfora funciona a la perfección en la lógica interna de la película. Sin embargo, lo que en Your Name redundaba en una variedad de situaciones divertidas, aquí pronto se hace repetitivo. Reconozcámoslo, la nueva idea da menos juego, o al menos está algo más desaprovechada, que el intercambio de cuerpos de Your Name. Mientras que el preciosismo del dibujo de Shinkai sigue desarmando al más duro, el sentimentalismo llega a estar tan subrayado, sobre todo a través de la tramposa música, que acaba empalagando. Una mezcla de sensaciones curiosa en la que a veces la cantidad de azúcar es aceptable (a nadie le amarga un dulce, que se dice) y, en otras, corremos riesgo de contraer diabetes tipo 2. En su tendencia al exceso, le cuesta mucho despedirse, e incluso recurre a la misma fórmula que en Your Name. Con todo y con eso, los amantes del buen anime encontrarán en El tiempo contigo un producto casi de culto, siempre a remolque del anterior éxito de Shinkai, pero muy por encima de la media actual.




5- First Love
De la extensísima carrera de Takashi Miike poco se puede decir. Que tiene películas buenas y películas menos buenas. Pero todas poseen un elemento común: un autor libre divirtiéndose, haciendo lo que le da la gana. Hasta cuando tocan películas “serias”. First Love no entra en este último catálogo, pero por poco. La trama central, un boxeador mediocre se ve envuelto en un alocado entramado de mafias donde intervienen la yakuza, la Tríada y la policía, resulta algo insustancial. Pero no preocuparse: se trata de una mera excusa para que Miike exponga su repertorio habitual, de forma más mesurada. Al tratarse de una trama más o menos convencional, la película es más accesible que otros experimentos mucho más radicales de su autor, pero los que veníamos a ver una película de Miike no podemos sino salir satisfechos con el espectáculo. El humor slapstick marca de la casa se combina a la perfección con una trama que avanza a un ritmo frenético gracias a su ligereza (nada de la ampulosidad del cine coreano). Miike se las apaña para salir indemne de situaciones que, en manos de otros, habrían resultado ridículas cuando menos. Quizá le eche en falta mayor personalidad para acabar de disfrutarla del todo; sigo admirando más al Miike radical de Visitor Q o, incluso, de Yakuza Apocalypse. Pero el nipón tiene la capacidad de que sus películas, sean como sean, siempre apetezcan, siempre entren bien. Desde esa base, First Love es decididamente superior a la media.




4- La trinchera infinita
La nueva película de los directores de Handia, esta vez formando una sólida terna, algo bastante poco común, traslada la acción del País Vasco a una Andalucía opresiva, descrita magistralmente a través de la puesta en escena, y nos narra la historia de un concejal republicano en un pueblo que, al estallar la Guerra Civil, se ve obligado a esconderse en un agujero de su casa. Parece ser que no fueron pocas las historias de personas que tuvieron que permanecer escondidas prácticamente media vida con temor a ser apresados por el régimen fascista. Topos, les llamaron. Al temor a ser apresado, se suma la paranoia tan bien retratada en la película a que cualquier persona del pueblo te pudiera delatar. Magistralmente interpretado por un Antonio de la Torre que, lejos de cansarse de ofrecernos trabajos impecables, aquí se supera, y por una Belén Cuesta que sigue demostrando ser una de las actrices españolas del momento (por momentos, incluso supera a su partenaire), los directores consiguen que nos interesemos por el devenir de los acontecimientos durante las, en ocasiones agotadoras, dos horas y media de película. El ritmo, no obstante, es bueno, trufado de escenas de tensión, pero también hondura en su tratamiento de los problemas de pareja y del universo interno de ambos. La evolución de la situación, en un principio desesperada y tratada en clave de suspense, deviene en kafkiana a medida que avanzan los minutos y no se termina de resolver. La película se ha podido ver envuelta en cierta polémica porque el marcado acento andaluz impide en ocasiones el correcto entendimiento del texto. En este sentido, creo que a La trinchera infinita le sienta perfectamente sacrificar un poco el entendimiento del texto (problema que se acaba solucionando a los 30 minutos una vez que se te ha hecho el oído) en favor de la verosimilitud y la cercanía. Sin duda, una decisión acertada de sus directores que prefieren una dirección de actores más naturalista a la habitual declamación teatral que, sin irnos muy lejos, hace que no me crea nada, como decía, a Mientras dure la guerra.




3- Lo que arde
Ya son unas cuantas las películas españolas que están confirmando el 2019 como un gran año para el cine patrio. Dolor y gloria, La virgen de agosto, la propia La trinchera infinita y, también, Lo que arde, lo último del director de origen gallego Oliver Laxe. Como en sus trabajos anteriores, Laxe nos presenta un producto a caballo entre el documental y la ficción. Los límites son difusos, pero tampoco es necesario definirlos. Se trata de la historia de un hombre que sale de la cárcel tras cumplir condena por pirómano de montes en la Galicia rural, y regresa a vivir a la casa de su sufrida madre. Ambos personajes se interpretan a sí mismos. Su construcción es fascinante: él, un soltero de montaña (como lo describe el director), frágil, que sale de una prisión para meterse en otra, fruto del desarraigo, de la sensación de no pertenecer ya a ningún lugar, al menos en lo sentimental; ella, una mujer muy mayor pero contrastantemente fuerte. La mirada de Laxe es aséptica en su acercamiento a los personajes, algo distante, documentalista, pero busca la belleza en los pequeños gestos cotidianos, se recrea en las duras labores de esta gente de campo y es ahí donde encuentra su verdadera fuerza. La evolución de la trama encuentra un enlace orgánico entre costumbrismo y denuncia (en este caso, de la terrible situación de la Galicia asolada por los incendios), pero sin aspavientos, dejando que las rabiosas imágenes hablen por sí solas. El espectador no puede sino asistir hipnotizado a este mundo de belleza mágica que despliega Laxe, siempre apoyado en la espléndida y sufrida fotografía de Mauro Herce. El magistral tratamiento de la elipsis cinematográfica desemboca en un desenlace pesimista que, aunque se ve venir, es tan elegante como demoledor.




2- Parásitos
Flamante ganadora de la Palma de Oro, la sección Perlas del Festival nos trae la última película del coreano Bong Joon-ho, el que quizá sea su trabajo más maduro en una filmografía ya de por sí estimabilísima, en la que el coreano demuestra ser uno de los directores más creativos del panorama mundial. En Parásitos, una familia humilde en la que todos sus miembros están en paro, se las apaña para tejer una red de recomendaciones y conseguir empleo en la casa de otra familia rica mediante engaños. El despliegue narrativo y el trabajo de puesta en escena durante la primera hora de película son magistrales. Los actores están tiernos y creíbles en ese retrato algo marciano, humor absurdo y socarrón siempre presentes, de dos mundos completamente opuestos, que deviene en discurso político sin desentonar. Bong Joon-ho es capaz de transitar entre géneros de manera totalmente orgánica, y parte de la culpa lo tiene su excelente manejo del espacio fílmico. En este sentido, el coreano debería ser estudiado en todas las escuelas de cine. Sus planos rafaelianos poseen una tremenda riqueza de capas; el estudio de los elementos de la escenografía está muy medido, haciendo que, según conviene, formen parte de la narración o sean mero decorado; y los movimientos de cámara, elegantes pero al servicio de una comicidad muy personal. Lástima esa tendencia al exceso habitual en el cine coreano que lleva a Joon-ho a estirar de más su película, por la vía de la ampulosidad y el trascendentalismo exagerado. Empaña algo el resultado final, pero el viaje merece mucho la pena.




1- El faro
Llegamos por fin a la joya del Festival en la que será probablemente una de las mejores películas del año. El faro, nueva película de Robert Eggers tras el éxito de La bruja, cuenta esta vez la historia de dos fareros atrapados en su isla en una suerte de situación buñuelesca. La película posee un aroma especial, sobre todo en su clara evocación a Lovecraft por la vía del homenaje formal al cine mudo y al cine gótico clásico, de forma similar a como lo haría la pequeña película La llamada de Cthulhu. En este sentido, el formato elegido no solo es empleado para describir con más precisión lo claustrofóbico en el relato, porque eso se puede conseguir por otros medios también, sino para aportar un aroma especial a la cinta. Y si de algo anda sobrado El faro es de eso tan difícil de describir como “atmósfera”. El diseño de sonido (la banda sonora en general) es magistralmente subyugante y trabaja en esa dirección. Por otro lado, tenemos un duelo actoral de primer nivel, como hacía tiempo no lo veía, que unido a un manejo de los espacios como elemento alienante de los individuos especialmente intenso, te mantienen pegado a la butaca, hipnotizado, temeroso de lo que va a suceder a continuación. Los ligeros toques fantásticos, así como sus golpes de efecto, están bien medidos y orgánicamente dispuestos a lo largo de la cinta. La espiral de locura de los personajes está descrita con furia e interpretada con rabia; tanto Willem Dafoe como Robert Pattinson son dos actores que me encantan y me es imposible quedarme con uno en este caso. Contrasta la cadencia pausada del autor, muy al estilo de lo que veíamos en La bruja. A pesar de ese ritmo en apariencia moroso, la película avanza con virulencia, se cuela por las rendijas casi sin que nos demos cuenta. La estructura narrativa, similar a la de aquella película, es un desagüe por el que los hechos desembocan indefectiblemente hacia el horror, final valiente y magnífico. Como La bruja, desde ya, clásico instantáneo.


5/10/18

Crónica del 66º Festival Internacional de Cine de San Sebastián

Por Carlos R. Hervás

Festival San SebastianSon ya unos cuantos los años acudiendo puntual a esta cita anual con el cine. Permanece inalterable mi interés por el que, junto a Sitges, es mi evento cinéfilo preferido. Y todavía queda gente que se sorprende cuando, año tras año, remuevo cielo y tierra para asegurar mi presencia en ambos, o cuando les comento que las largas jornadas me permiten disfrutar de alrededor de cinco películas al día (y que no veo más porque a menudo el sueño acumulado hace mella). Obligado a dar explicaciones, suelo recurrir al tan manido “una vez al año no hace daño”. Pero, qué demonios, ojalá pudiera ser más de una.

El Festival Internacional de Cine de San Sebastián se presentaba, en esta su 66 edición, con una de las a priori más atractivas programaciones de los últimos años. A nombres como Claire Denis, Naomi Kawase, Carlos Vermut, Isaki Lacuesta, Kim Jee-Woon o José Luis Cuerda en su Sección Oficial, se suman cintas especialmente esperadas en diferentes secciones (Perlas es la más nutrida) como Pájaros de verano (Ciro Guerra y Cristina Gallego), Un asunto de familia (Hirokazu Koreeda) o First Man (Damien Chazelle).

Todo un lujo, aunque para la mayoría, a tenor de los comentarios generalizados, no se hayan cumplido las expectativas. Nada más lejos de mi opinión, acaso porque comprendo que no solo de obras maestras vive el cinéfilo, acaso porque detecto cierta autocomplacencia en el espectador con ínfulas medio que, cargado de experiencia, y necesitando la afirmación de un criterio propio solidísimo en función de una exigencia ilusa, casi necia, cree ver, un año tras otro, una Sección Oficial “especialmente floja”.

Analicemos, pues, lo visto en esta edición, ordenando lo visto de peor a mejor. Por supuesto, y como siempre, habrá de todo.

Desde Cannes aterriza en la sección Perlas Asako I & II, lo nuevo de Ryûsuke Hamaguchi. Se trata de un film japonés que profundiza en la tan sobada por el mundo cinematográfico figura del doppelgänger a través de una (estúpida) relación amorosa entre la protagonista y dos personas de igual apariencia pero carácter opuesto. Hamaguchi juega a ser Hong Sang-soo y se queda en el intento. En esta cinta sobra ligereza (en ocasiones, nos sentimos asistiendo a un culebrón televisivo cualquiera de las cuatro de la tarde) y falta casi de todo: coherencia formal, guion mínimamente creíble, unos actores decentes… Aun queriéndola entender de manera alegórica o simbólica (van por ahí los tiros, no se me escapa), el intento es tan fútil y el viaje tan anodino que no merece la pena el esfuerzo de soportar a este trío de indeseables durante dos largas horas.

Asako I y II

Tampoco alcanzo a disfrutar lo más mínimo de Dantza, la “película poética vasca” de este año que, como un cruce entre Baraka (Ron Fricke, 1992) y Flamenco (Carlos Saura, 1995), representa una historia silente de manera figurativa a través de los bailes folclóricos vascos de una popular compañía de danza regional. Se aguanta durante 10 minutos. A los 20, uno empieza a pedir la hora. A los 30, la acumulación de efectos especiales realmente chungos y de danzas que, por desgracia, no dan para aguantar una película de más de una hora, te obliga a huir.

Dantza

No obstante, estos no los puedo considerar fiascos porque verdaderamente no esperaba tampoco gran cosa de ellos. El caso de lo nuevo de Kim Jee-Woon es muy distinto. Del director de Encontré al diablo o de El imperio de las sombras esperaba más. Se trata de una nueva adaptación de la historia de Mamoru Oshii Jin-Roh titulada Illang: La brigada del lobo, una cinta de ciencia ficción que dibuja una distopía típica ambientada en un futuro no demasiado lejano de guerras por el conflicto coreano. Son demasiados los problemas que tiene Jee-Woon para narrar una historia que se padece absolutamente enrevesada, a pesar de que la trama política es, de hecho, simplona. A unos actores pésimos hay que sumarle unas escenas de acción demasiado rutinarias, una trama que no interesa y una acumulación de finales que exaspera. Las subtramas, lejos de sumar, molestan. Uno acaba deseando que las escenas de acción resuciten una función muerta. El momento no llega.

Illang

De Felix Van Groeningen no esperaba gran cosa, pero sí de una cinta que reúne en sus papeles principales a actores de la talla de Steve Carell y de Timothée Chalamet, uno de los actores del momento. Beautiful Boy es un drama sobre la adicción a las drogas en que un padre batalla contra el problema de drogadicción de su hijo. Supongo que no debe ser fácil esquivar el sermón cuando se aborda esta temática, y Beautiful Boy no es una excepción. Su desarrollo es rutinario, sus situaciones repetitivas y su escritura (que podría haber firmado Ronald Reagan) patéticamente discursiva. Los actores, efectivamente, salvan la función de la quema máxima. Pero no pueden hacer gran cosa ante una película que se acerca más al sensacionalismo de American History X que a la sutileza de Arrebato.

Beautiful Boy

Desde Francia nos llega El cuaderno negro, una película de la directora Valeria Sarmiento, montadora habitual de Raoul Ruiz. Se trata de una película de época en que una cortesana va pasando por diferentes manos cual Lazarillo de Tormes. A pesar de que durante la primera mitad de la película observamos una narración con cierto pulso, una ambientación que, basada en elementos sencillos de bajo presupuesto, convence, y escenas cargadas de erotismo, la intriga de misteriosas paternidades que comienza a vislumbrarse tras el ecuador del film hace aguas por todos los costados. Se suceden escenas intrascendentes y momentos directamente irrisorios (que arrancaron bastantes carcajadas no pretendidas entre el público), que culminan en un final inenarrable.

El cuaderno negro

Naomi Kawase, la mítica directora japonesa, presenta en la Sección Oficial Vision, un drama con ínfulas poéticas y new age en el que ni la propia directora tengo muy claro que sepa lo que nos quiere contar. A una trama que va descubriendo su propia esencia a medida que se desarrolla (un drama familiar con saltos temporales) se unen elementos simbólicos que asocian lo humano con la naturaleza, tratada como un agente que determina nuestro destino. La filosofía de baratillo, para el que la quiera comprar. Mientras, ni Juliette Binoche ni Masatoshi Nagase salvan la función.

Vision

La colección de películas a mi juicio fallidas la cierra la premiada por el jurado ALPHA, The Right to Kill, del filipino Brillante Mendoza. No alcanzo a compartir el entusiasmo del jurado hacia una película cuyo exotismo se limita a su localización, pero que no ofrece alicientes novedosos ni en la trama ni en su desarrollo. El estilo visual, con cámara en mano, pretende ser inmersivo, pero uno se acostumbra rápido al recurso, ciertamente manido, y si acaso acaba cansando. La fea fotografía no ayuda. El guion de Troy Espiritu se cree más inteligente de lo que en realidad es: son decenas las películas que han llegado a las mismas conclusiones por vías mucho más estimulantes. También posee evidentes problemas para conseguir que el espectador empatice con los problemas de sus personajes, a pesar de que se regodee en la miseria de su malogrado protagonista. El desenlace, supuestamente contundente y pretendidamente desolador, no solo le deja a uno frío sino que es previsible.

Alpha

Mejor fue la acogida por parte del público de la cinta uruguaya La noche de 12 años, de Álvaro Brechner, recientemente escogida por Uruguay para representar a su país en los Óscar. Se trata de un drama carcelario (un género que siempre ha poseído especial aceptación) que narra la historia real de privación de libertad en régimen de especial aislamiento durante 12 años por parte de la dictadura militar de Uruguay a un grupo de Tupamaros entre los que se encontraba José Mújica. La situación terrible que narra está tratada por Brechner con especial rigor formal y el dibujo de sus personajes es sólido. Los actores trabajan especialmente bien. Los problemas vienen a la hora de insuflar ritmo a una historia en esencia monótona. A pesar de algunas escenas (directamente influidas por Cadena perpetua) que la aligeran, la cinta se atasca en su desarrollo hasta llegar a un final poco esclarecedor. Tampoco alcanza el nivel de belleza estética y de profundidad psicológica de cintas como Hunger (Steve Mcqueen, 2008). En definitiva, aunque estimable, no posee la suficiente fuerza como para trascender.

La noche de 12 años

El film austríaco de Markus Schleinzer (habitual colaborador de Haneke) Angelo bucea inteligentemente en los orígenes del racismo en Europa. Nos cuenta la historia real de Angelo, un africano trasladado a Europa con 10 años en el siglo XVIII. Tratado como un ornamento, la vida de Angelo estará sometida a diversas vicisitudes relacionadas con su permanente otredad, de la que, no obstante, sabrá beneficiarse. El estilo en la dirección es seco, pausado, con largos planos fijos que recuerdan a su compañero Haneke y que mantienen una perfecta congruencia entre fondo y forma. En su desarrollo, Schleinzer no encuentra los suficientes elementos de interés, lo que sumado a su ritmo moroso repercute en una cierta antipatía hacia la película, que se siente demasiado cerebral. No obstante, se percibe una inteligencia expositiva estimable, que compensa el esfuerzo. Los minutos finales son especialmente clarividentes.

Angelo

Son varias las películas que colocaría en un peldaño inmediatamente superior a estas últimas. Todas estimables. Algunas, gratas sorpresas; otras, ligeras decepciones, a pesar de su evidente buen nivel (todo depende de las expectativas…). Entre aquellas de las que esperaba algo más, se encuentran Un asunto de familia, First Man, Cold War y High Life. Todas ellas, de directores especialmente reputados. Tanto en el caso de Koreeda como en el de Chazelle creo que se trata de obras menores dentro de su filmografía. El japonés vuelve a sus temáticas familiares para ofrecernos una intriga algo repetitiva. Chazelle, sencillamente, no encuentra el tono adecuado, ni penetra de verdad en el enigma que plantea. Lo demás, son florituras en la dirección que comienzan siendo realmente inmersivas pero que acaban fatigando, hasta llegar a un final anodino en el que no logra emocionar. Por otro lado, no soy especial fan ni de Pawlikoswki ni de Claire Denis, aunque les reconozco los méritos profesionales. Acaso por la temática, esperaba con especial ilusión High Life. Más cercana a Solaris que a 2001, durante buena parte de la cinta admiro su novedoso tono, que insufla aire fresco a un género demasiado manido. Hacia el final, la acumulación de absurdeces puede conmigo, aunque no tumba para nada el mérito de una cinta que ganará con las revisiones. De Cold War me cuesta disfrutar más, acaso por los mismos motivos que con Ida: su excesiva asepsis me hace alejarme de cinta, que siento demasiado cerebral. Aunque admiro su aroma a cine clásico, algo que Pawlikowski consigue especialmente bien a través de la puesta en escena y, en este caso, también por la naturaleza de la historia narrada. Es una película más que estimable, aunque no acabe de casar del todo con mis intereses.

Cold War

Por otro lado, salí más que satisfecho del visionado de Yuli y, sobre todo, de Viaje al cuarto de una madre. De la nueva cinta de Icíar Bollaín no esperaba gran cosa. No soy apenas afín a su lenguaje, a las historias que a menudo nos cuenta la directora. Pero, para mi sorpresa, la película, una especie de Billy Elliot cubana despojado de la temática homosexual, funciona. El montaje intercala escenas del pasado del famoso bailarín cubano Carlos Acosta con escenas basadas en el presente en que Acosta se interpreta a sí mismo. A través de las coreografías, Acosta nos narra sus vivencias, que serán pertinentemente llevadas a imagen a través de constantes flashbacks. Bollaín y Laverty (premiado con el Premio al Mejor Guion) encuentran el equilibrio exacto para hacer que la historia funcione y que las escenas de coreografías, lejos de molestar, enriquezcan la historia. Destaca el personaje del padre de Acosta, una especie de Alfredo de Cinema Paradiso, motor para que nuestro héroe se mantenga siempre caminando hacia adelante.

Yuli

En Viaje al cuarto de una madre se respira verdad durante todo el metraje. La cinta de la debutante Celia Rico merece la mayor de las atenciones. Por un lado, explora la relación maternofilial en un momento muy concreto: aquel en que los hijos han de abandonar el nido. Por otro lado, es un estudio sobre la pérdida y la soledad. Llena de matices, la cinta sortea inteligentemente los posibles peligros y evita caer en zonas obvias o que simplemente fuesen una distracción. Consciente de lo que nos quiere contar, Rico sustrae de la historia al padre de la familia, solo presente a través de los objetos, que cobran especial relevancia en el desarrollo de la historia. Mención especial merecen las interpretaciones de Anna Castillo, una de las actrices jóvenes más prometedoras del panorama actual, y de Lola Dueñas. Ambas se meten en un papel alejado de otros registros a los que nos tienen acostumbrados. Y el resultado no podría ser más satisfactorio. Finalmente, a pesar de ser una película pequeñita, el sabor de boca es de película importante.

Viaje al cuarto de una madre

In Fabric es la nueva locura de Peter Strickland (Berberian Sound Studio). Se trata de una comedia de terror con un tono personalísimo. La premisa, inicialmente absurda (una prenda de ropa asesina) es tratada con una comicidad alejada de la comercialidad del cine americano (del que sobran las comedias de terror, producidas a espuertas). La creatividad que despliega no es habitual hoy día en el cine de terror, y en su locura y surrealismo, Strickland encuentra un lenguaje propio en que se siente cómodo. La estructura del filme, que suma dos tramas independientes unidas solamente por la ínclita prenda, funciona a pesar de presentarnos a un nuevo personaje a la hora de película. El sofisticado diseño de sonido y los montajes alucinógenos de imágenes hipnóticas dotan a la película de una personalidad virulenta. La reiteración en algunos elementos (la dependienta de la boutique) acaba saturando un poco, pero se compensa con el derroche de creatividad de que hace gala Strickland.

In Fabric

Vuelve Cuerda. Y vuelve por todo lo grande, retomando el estilo de la que para un servidor es su mejor película: Amanece, que no es poco, una de las mejores comedias de siempre. Es verdad que no todos los chistes de Tiempo después funcionan, y que ni tan siquiera su trama es muy original (véase High-Rise, de Ben Wheatley), pero es un placer observar que José Luis Cuerda, tanto tiempo después, mantiene intacto su humor, y gozamos viendo lo que se siente como un homenaje a su figura por parte de tantos cómicos y actores del momento. El reparto es irregular: no alcanzo a ver comicidad alguna en Roberto Álamo, pero me gusta mucho Manolo Solo; tampoco le encuentro la gracia a Blanca Suárez, pero por ahí está el elenco de Muchachada nui para compensar. Los chistes, en ocasiones se atropellan los unos a los otros, pero también esto era una característica de Amanece, que no es poco. En definitiva, una película obligada para los amanecistas, aunque posiblemente no todos los nuevos espectadores la disfrutarán por igual.

Tiempo despues

Ciro Guerra ya sorprendió en 2015 con esa especie de cruce entre 2001: una odisea del espacio y Apocalypse Now que era El abrazo de la serpiente, una de las mejores cintas de aquel año. Ahora, junto a Cristina Gallego, llega a Perlas su siguiente película Pájaros de verano, que nos narra la historia de los orígenes del narcotráfico en la Colombia de finales de los 60. De nuevo, se trata de una de las mejores que he tenido oportunidad de ver este año en San Sebastián. En esta ocasión, al estilo de El abrazo de la serpiente se le une una trama que tiene muchos más puntos en común con la serie Narcos, de cuyo ritmo también bebe en cierta medida. En ella, se estudia cómo la avaricia relacionada con el control del narcotráfico producía un choque con las costumbres indígenas en los pueblos Colombianos. La tensión entre vida moderna y tradición es el tema principal de una película por otra parte bella y emocionante. Si bien más convencional que su anterior cinta, Pájaros de verano se apoya en las constantes del subgénero de mafias, aderezado con algo de western, para ofrecer una cinta más digerible, aunque sin tanta elevación artística.

Pajaros de verano

Lo mejor, por segundo año consecutivo, lo encontramos en la Sección Oficial. Al igual que en la edición anterior con The Disaster Artist, también era la película que esperaba con más ganas. Quién te cantará es lo nuevo de Carlos Vermut, cuyo anterior trabajo, Magical Girl, ganaría la Concha de Oro en su correspondiente edición. En esta ocasión, entre el jurado no se encontraba, como aquella vez, Pedro Almodóvar. Y es que el cine de Vermut no podría tener más en común con el manchego. Los nexos se amplifican en Quién te cantará, añadiendo a los elementos comunes referencias a Persona de Bergman, todo combinado con un lenguaje retorcido, con personalidad propia. Las historias de Vermut están articuladas en torno a unos personajes cuya relación a menudo se basa en los engaños y las mentiras, ofreciendo guiones circulares que tienden a cerrarse al final. En esta ocasión, Vermut narra la historia de una cantante de éxito que se enfrenta a una amnesia sobrevenida por un accidente. Para recuperar su identidad perdida, la protagonista deberá contactar con una imitadora para que le enseñe a ser ella misma.

Quien te cantara

Con esta premisa, Vermut retoma la idea del doppelgänger que traíamos a colación en la primera reseña, esta vez sí con cohesión narrativa y acompañada de un lenguaje visual especialmente cuidado. De hecho, cabe destacar su evolución visual con respecto a cintas anteriores. Si bien la cinta pierde la frescura de Magical Girl, se acerca mucho a ella ofreciendo otros alicientes, como una mayor complejidad psicológica o unas interpretaciones incluso más pulidas. A destacar, una inmensa Eva Llorach que huele a Goya. La temática de la pérdida y suplantación de la identidad es especialmente profunda en ese juego de cantantes en que todas quieren ser lo que no son, y ninguna sabe muy bien quién es en realidad. Si bien el personaje de Natalia de Molina, interpretado con enorme solvencia por esta actriz de sobrado talento, desentona un poco, se antoja crucial como motor de una trama que se desarrolla con precisión de cirujano. Solo por esta cinta, el San Sebastián de este año ha merecido la pena. Le deseo la mejor de las suertes en la carrera de premios.