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11/5/14

El rincón de Chechu: Salamanca, canción de amor

Bajando del cine uno se pone a pensar cuando mira. Últimamente, este último año, me ocurre que me canso de ser hombre y me sueño dividido entre dos mundos, el que voy pisando de rostros anónimos que se cruzan y el de calles que conozco y que me habitan mágicas, perfiladas azules por un cielo de primavera azul sobre la palma de la mano. Entonces me evoco a mí mismo erguido hacia lo alto en un poema. Debería poder uno mismo contemplarse en un poema caminante.

Salamanca2

Hay ciudades que se enroscan y hay ciudades de campanas negras, las hay que duermen para siempre un domingo, este domingo, las hay que se rascan la espalda con las olas, como la mía (¿o no es la mía ya?), las hay que se olvidan de sí mismas y se tumban a un lado del camino, las hay comprimidas, las hay derramadas a un mar de cacharros y grúas; hay ciudades de rodillas, hay ciudades nulas, las hay que dibujan el horizonte lleno de ángulos y en lo alto una gran torre con avenidas y serpientes donde Lorca dejó crecer sus cabellos negros. Hay ciudades que se miran y las hay ciegas sin ojos, laberínticas en la planicie.

Down in the valley

Tantos hombres a pie y ahora nadie, pensé bajando del cine, tanto me gustó aquella escena de En el valle (¿vi con ella En el valle?) cuando Norton el cowboy se detiene en el semáforo y deambula entre los coches preguntando, “por qué vivís en máquinas, por qué vivís en máquinas”, hasta que la niña lo recoge suavemente por un brazo y se lo lleva de allí, al cowboy abandonado, al hombre de los caballos que se pregunta, que se envenena, que se muere, sordamente.

Yo bajando del cine a la una de la mañana sin el cielo azul pero con luces, Torres Villarroel es una bella autopista sin coches, anchurosa, oxigenada, el cielo sin estrellas de la ciudad, el viento levemente en los párpados; pienso en Miel, esa película italiana que he visto único en la sala siete, esa película de la muchacha que mata enfermos, ¿los mata? No queda nadie por la calle, recuerdo esa frase de El fulgor de África, “el apio como un duende por la casa”, el apio como un poema por la casa, deberíamos poder contemplarnos en un poema caminante.

Miel

Cuántos años han pasado ya, cuatro años han pasado y voy todos los días hasta el fin del mundo a dar clase a un niño que tiene un ojo azul y otro verde, y cuando me detengo en su portal dirijo la mirada a la lejanía porque desde allí se ve la palma de la mano donde se levanta la ciudad, se ven los horizontes amarillos, las nieblas lejanas, se ve casi el mar tan a lo lejos. Cuántos años han pasado ya, cómo pienso en el pasado caminante, deambulando entre rostros anónimos pienso que fue allí donde la vi cruzar desde mi ventana la primera vez que vino a visitarme, o pienso en el paseo largo que di con ella (otra ella) a la orilla del río, desde la primera tarde hasta el crepúsculo, ¿sacó una fotografía?, me pregunto, sacó una fotografía y la tengo guardada.

Se me escapa la conciencia caminando este último año y me doy cuenta. Se me va el corazón por las azoteas, se me empapa el corazón de tantos recuerdos y de tantos gestos (luego pienso que la vida es tan solo un gesto, que uno mismo es tan solo un gesto detenido que se observa) y tropiezo con la gente. Tropiezo al doblar la esquina con una mujer adulta, cargada de niños, tropiezo al bajar la acera en el semáforo de Villamayor, me voy por las alturas o los horizontes y dejo de ver lo que tengo delante. Camino últimamente muy metido en mis pensamientos y a veces me pregunto si no estaré haciéndome viejo, o mayor, o qué me ocurre.

Salamanca1

Bajando del cine en la madrugada llegué a una conclusión muy bella, y decidí que en los días siguientes tenía que escribirla, tenía que escribir algo sobre esta ciudad, sobre este recuerdo que se transforma. Llegué a la conclusión de que la ciudad nuestra nos habita y de que somos igual que las piedras, de ese color tostado cuando anochece o de ese color terroso durante el día: se fueron los años y terminaron ya todas las clases, aquellas hierbas verdes de la facultad que antes pisaba y que veo ahora en otros alumnos que dejarán los campos verdes también en muy poco tiempo. Aquellos rostros que me habitaron. Aquellas copas que me bebían. Aquella noche que me perdí emborrachado, cubierto de nieve, y aparecí en el estadio Helmántico y un gitano me llevó a casa en su Mercedes, amablemente y tan sorprendido, “¿qué haces aquí, tan lejos?”, me preguntó tanto.

Ha pasado el tiempo y las primaveras y ahora se abre el mundo nuevamente en la ciudad. Otros rostros me habitan. Otros campos, las mismas piedras, la ciudad que se transforma como un poema caminante: él hablaba absorto sobre novelas mejicanas, apasionado y múltiple desde la silla, ella movía las manos como un duende por la casa, profunda y tan sabia y tan eléctrica, ella otra me hizo ver una serie de televisión magnífica. Otros me miran, otros me huyen, rostros que nacen y que me habitan de nuevo.

Salamanca

Salamanca, canción de amor: eres un poema caminante. Eres un gesto, un fulgor de África, una joya en una mano levantada hacia la primavera. A ti no te habita nadie: Torres Villarroel era una autopista vacía. A ti no te habita nadie: el italiano, el francés, el alemán mezclados en tus piedras. A ti no te habita nadie: tú habitas los corazones empapados. Tú te transformas iluminada, renacida, tú haces que este último año me canse de ser hombre y me haces vivir en un poema. Haces que me distraiga caminando. Me elevas a no sé dónde, me arrebatas mi hogar de olas que se rasca la espalda y te yergues mía, interna, revelada en el camino de vuelta del cine: no eres una ciudad, eres la vida. Y ahora mira, Salamanca mía, qué le has hecho escribir a un gallego.

7/4/14

El rincón de Chechu: Volver

Hay un poema de Luz Pozo Garza que hace años leí en un libro de mi padre, un poema que brillaba en medio de aquella antología, pequeño, corto, casi desmayado hacia el final de una de las páginas centrales, y recuerdo que lo copié a mano en una libreta y más tarde volví a él tantas veces, lo utilicé para dedicar una novela que regalé hace mucho tiempo a una persona ya olvidada, viajó conmigo y creí saberlo y tenerlo dentro para siempre como ese de Pimentel donde un niño caza pájaros para pincharles los ojos con un alfiler, soltarlos y ver y oír cómo se estampan contra el muro de su jardín.

Pez

Esta noche tuve la peor pesadilla de mi vida, soñé que me moría. Era una muerte agónica, yo tumbado en la cama de un hospital y mi familia a mi alrededor, yo sabía que me faltaba muy poco tiempo y de pronto noté la muerte como ahogándome, supe que ya eran mis últimos minutos, agarré el brazo de mi madre que estaba junto a mi cama y empecé a respirar muy fuerte como un pez sobre la arena que se muere, miraba hacia la pared blanca de enfrente y solo respiraba más, aferrándome a esa habitación e intentando aguantar otro segundo allí, y el terror ante lo desconocido que se avecinaba me atenazó los músculos y me nubló la mente y la memoria hasta que no supe más que respirar entre estertores y fijar la vista en la pared del hospital, temblando de miedo ante qué, se me iba todo ya, qué sería de mí, hacia dónde iba, existiría el infierno o la otra vida, intenté recordar mi infancia en un último intento por morir dulcemente pero no pude, de pronto se me paró el corazón y lo último que pensé, temblando hacia la negrura, fue que estaba solo y aterrorizado, como un niño ante la noche sin la presencia de sus padres.

Persianas

Todavía estoy asustado después de la pesadilla: fue un sueño de los que perduran y que ya nunca podré olvidar, el más vívido de todos extrañamente, morir y ese temor abismal, el silencio y la nada. Estuve despierto varias horas, vi amanecer a través de los huecos de la persiana y para tranquilizarme empecé a recordar poemas y canciones y a recitar mentalmente, un truco que aprendí hace un tiempo para mantener la calma. Entonces llegué sin saber por qué al poema de Luz Pozo, cómo era aquel poema de Luz Pozo, ese que brillaba en la antología, ese pequeño y desmayado, cómo empezaba, qué verso era el primero, ¿y el último? No fui capaz de recordar una sola palabra de aquel poema que copié en la primera página de una novela. ¿Pero qué novela? Estuve varios minutos evocando imágenes: la página de la antología donde estaba el poema, el contorno tímido de sus versos, de sus dos estrofas; mi letra a bolígrafo azul escribiendo letra a letra el poema en la primera página de una novela… ¿o era otro libro de poemas? Desesperado, intenté recordar lo más sencillo: a quién le había regalado el libro. Supe que a una mujer, pero me fue imposible recordar a cuál, a cuál de las dos o tres personas de las que me he enamorado, nada, no hay recuerdos, a quién, no puedo recordar y he soñado que me moría y al morir no podía recordar.

Tarkovsky

Tarkovski pensaba que lo único que existe es el pasado porque el presente se nos escapa entre los dedos. Nuestra vida real es el tiempo recobrado. Yo estoy de acuerdo con él, con su alma de poeta que buscó incansablemente el tiempo perdido para poder vivir. Cogí los cascos entonces y empecé a escuchar a Luz Casal, No me importa nada, Piensa en mí, Entre mis recuerdos, Un año de amor, Negra sombra. Y cuando llegué a Negra sombra, ya en total melancolía, comprendí que realmente estaba muriendo aquí en mi cama porque morir es olvidar el pasado.

Negra sombra

El miércoles volveré a casa después de varios meses. He olvidado el poema de Luz Pozo. Cuando llegue, cuando abra la puerta, cuando vea el pelo blanco de mi padre que una vez me dejó aquella antología y tantas otras, su pelo blanco cada vez más blanco, le daré un abrazo a sus hombros tan fuertes e igual se me escapa una lágrima antes de volverme y bajar las escaleras hacia la biblioteca, antes de buscar el libro donde está el poema de Luz Pozo que olvidé y que encontraré para recordarlo y recordar qué libro dediqué y a quién, para no morirme desmayado como el poema en la ola del tiempo o en una cama amanecida, después de soñar mi muerte que no es más que la muerte del pasado. Siempre es mejor el verso aquel que no podemos recordar, cantaba El Cigala. Perdóname, Cigala: yo protesto. Y el miércoles vuelvo a casa a recobrar el tiempo y la vida, y a ver a mi padre cumplir cincuenta y cuatro años ya, con su pelo blanco y sus hombros fuertes que llevan sobre ellos el peso de toda una vida y de tres hijos que a partir de ahora nunca volverán a olvidar un poema.

A mi padre.

17/1/14

El rincón de Chechu: Tabaco

Quien necesita fumar para escribir, o bien lo tiene que hacer a lo Bogart, con el humo enroscado al ojo (lo cual determina un estilo bronco), o bien ha de soportar que el cenicero se lleve la casi totalidad del cigarrillo.

Vila-Matas citando a Juan Benet en Bartleby y compañía.


Empezar algo implica despedirse. Esta tarde he ido a dar clase a uno de mis alumnos, el que tiene un ojo azul y otro verde, he salido cinco minutos antes para llegar a tiempo al cine, he visto una película magnífica, que recomiendo a todos, Agosto, de la que sin embargo no esperaba gran cosa, he salido a la calle después de los créditos y entonces, en medio de un paso de cebra, uno de esos por los que cruza una barbaridad de gente en muy poco tiempo (a saber, Puerta de Zamora), me ha ocurrido lo más importante del día: una mujer vestida con un abrigo rojísimo, que caminaba apresurada en sentido contrario, se agachó a recoger el mechero que le había caído justo cuando pasaba a mi lado, en el momento en que encendía un cigarrillo, y dejó con su movimiento algo en el aire, un remolino de ligereza y temple, de gran agilidad, que me recorrió de arriba abajo y que puedo calificar de elegante, porque la mujer del abrigo rojísimo ni siquiera bajó la mirada al recoger el encendedor (qué gran palabra, encendedor), y siguió su camino como si tal cosa, sin percances, sin detenciones, con el cigarrillo ardiendo en la boca.

Paris je t'aime

Esa mujer no era nadie, o sí, lo que quiero decir es que no era nadie para mí ni lo será nunca, un rostro más de la vida (quizá alguna noche, en alguna siesta, aparezca en un sueño mío, solo soñamos con caras que hemos visto, nuestro cerebro no crea en absoluto rostros), pero me hizo pensar que yo he dejado de ser el mismo, al menos como imagen o rostro de la vida, porque estoy dejando de fumar, con moderado éxito.

Humphrey Bogart

Los tiempos muertos de mi cotidianidad se han reducido, o más bien han desaparecido, porque los llenaba con tabaco, o los creaba mi necesidad acuciante de encender el cigarrillo (no existe para el fumador un cigarrillo: todos los cigarrillos son el cigarrillo, y quien fume o haya fumado lo entiende y estará sonriendo), y ahora me los salto o no surgen porque a) me levanto de la cama y rápidamente voy a la ducha, b) desayuno alguna cosa, o nada, y me traigo el café al escritorio donde paso la mayor parte del día, c) aprovecho los minutos de la basura (esos que van de las dos menos diez a las dos, de las tres a las tres y diez después de la comida, tantos otros), d) no llego antes a ningún sitio para esperar en la puerta, e) procuro que mi mente esté en constante movimiento, f) procuro que mis manos estén ocupadas.

Cigarro

Lo bueno es que funciona y apenas me cuesta no fumar, lo malo es que los tiempos muertos ayudan a ser feliz, y como dijo un excelente profesor de teatro que tuve una vez, “antes fumaba, pero lo dejé: nunca he estado tan sano ni he sido más infeliz”, y yo no sé si soy infeliz, creo que de momento no porque me exalta el ánimo lo bien que voy respirando, la mayor capacidad que siento al hinchar los pulmones, la falta de tos por las mañanas o por las tardes o en el cine (esto es un blog de cine, hablemos entonces de cine, o nombrémoslo), el fin de las palpitaciones, etc., pero sé que ya no soy el mismo rostro o la misma imagen de vida porque no se me ve, al entrar en mi casa, sentado en el sofá azul con el cigarrillo en la mano, no leo junto a un cenicero, no hablo sin mirar a la cara del interlocutor porque estoy liando el cigarrillo, no se me ve a través del reflejo del cristal de un bar muriéndome de frío en invierno, etc., y esto es solamente la percepción que supongo habrá de mí, para los que me perciban.

Patty y Selma

Otros cambios, más importantes, son que ya no me huelo de la misma forma que antes, se me irá el color amarillento de los dedos índice y corazón, no saldré al jardín después de comer (en Galicia) ni veré un capítulo más de Los Simpson después de comer (en Salamanca), no tendré que cerrar un ojo mientras leo cuando se me cuele el humo en los párpados, no pararé párrafo a párrafo a coger el cigarrillo cada vez más consumido del cenicero y repasar lo que he escrito (se notará hoy, seguro), no tendré el bolsillo derecho de los pantalones vaqueros ligeramente abultado, no entraré nunca más en un estanco, nunca el humo se enroscará a mi ojo mientras escribo, broncamente, nunca volveré, nunca.

Agosto

La visión de la mujer rojísima me hizo entender que ya no soy elegante ni despliego remolinos de ligereza, ella lo es, lo fue esta tarde en el semáforo, y me hizo comprobar que yo antes lo era o al menos sí para los demás, como imagen o rostro, o al menos sí para los tontos que piensan gracias a la herencia cultural, a la televisión, al cine y a las novelas, que los cigarrillos tienen un aura o que los fumadores la tienen, como pienso yo porque lo he vivido y he sido tonto, y lo seguiré siendo aunque no fume más, hasta que muera, esperemos que más tarde (para eso no fumo, por eso me digo adiós) aunque puede ser antes incluso porque en esta vida, que es demasiado larga (como dice un personaje de Agosto citando a T. S. Eliot), cualquier cosa puede ocurrir, y para empezar algo nuevo, este nuevo yo, este artículo deslavazado, hay que despedirse siempre, ¿de qué?, del que he sido durante diez años, tantas mañanas en el instituto, tantas boquitas pintadas que aguantaron mi aliento a ceniza, tantos momentos, momentos, del yo que era y que ya no seré porque estoy huyendo de ese remolino de agilidad y elegancia que despidió la mujer cuando recogió el encendedor: ese remolino que yo admiré, que ahora solamente podré admirar porque no soy, me he despedido, ya no toso, leo más, respiro mejor, ¿viviré más?, soy como si mi alumno, misterioso y eléctrico hasta los huesos, decidiera un día que ya no quiere seguir siendo él y cambiara esos ojos de lobo por unos ojos de color negro. Vayan a ver Agosto, que es magnífica y los personajes fuman todos, o casi.

12/10/13

El rincón de Chechu: La campana negra

Yo me agarraba a un metal amarillo lleno de grasa, miraba al techo, a las esquinas, dejaba mis piernas abiertas para aguantar los vaivenes y las costillas; a mi lado dos estudiantes hablaban de sus novios (de sus chicos, decían ellas, qué rara forma de nombrar una pareja); detrás de mí un pelirrojo vestido de negro comentaba a su compañero todas las veces que faltaba a clase de inglés para beber cerveza en un párking; a mi derecha dos sordos se comunicaban en lengua de signos a dos metros de distancia uno del otro (qué inteligencia, pensé, qué bello decirse sin proximidad, como susurrando, en medio de tanta gente…).

Metro

De pronto había luz y de pronto se oscurecían las ventanas, y desde atrás miraba también la cabeza del vagón y me sumergía en tantos túneles que nos devoraban rápido, pensando en la forma de moverse de los cuerpos que parecían flores o tornillos de pie sobre los plásticos. A veces bajaba la vista por mis piernas para saber si me movía, es raro pero en el metro uno tiene el impulso de comprobarse, de revisar cada momento la certeza de que sigue en pie, en medio y debajo, de que mantiene la individualidad y de que no es como los otros cuerpos. Creo que a veces la mente nos empuja a comprobar que seguimos siendo hombres, como cuando dormimos un rato y nos despertamos intentando asir el aire, en una incorporación tan brusca que algunos piensan que se escapa el alma a cualquier viaje, a cualquier azotea. Es la misma sensación la del metro: cerciorarse de que uno sigue vivo: distinguirse al menos del resto.

Vagon

En estas ideas pensaba cuando se detuvo el vagón y entraron más cuerpos, y salieron algunos (las dos estudiantes, los sordos enamorados), y se pararon a mi lado dos ancianos: un hombre de pelo blanco, vestido con una camisa de lino clara y unos pantalones de pinzas; una mujer muy encogida, que miraba solamente el suelo, con falda larga y zapatos apretados. Me llamó la atención que sólo el marido se agarró con una mano a la barra amarilla, junto a la puerta, mientras cogía a la mujer por los hombros con el otro brazo, pegándola a sí mismo para que no se moviese y para protegerla, quizá, de los otros, de mí, que seguía mirando las esquinas y los túneles con disimulo mientras los estudiaba despacio. El hombre llevaba una gorra azul que ponía UCLA en letras brillantes, por lo que imaginé que serían turistas, quizá con un hijo estudiando en California, quizá profesores ya retirados. Sin embargo empezaron a hablarse en castellano; continuó, más bien, el hombre contándole a su mujer una historia interrumpida que quizá se había detenido con la llegada (mi llegada en tromba, violenta y chirriante) a la estación donde aguardaban.

Nube toxica

Yo no presto mucha atención a las conversaciones ajenas cuando estoy en Madrid, en el metro, porque me angustio y sólo pienso en comprobarme de vez en cuando y en el momento en que saldré de allí (de Madrid, no del metro). A mí me aplasta la vida en compartimentos porque soy de un tiempo que ni siquiera he vivido (¿anterior a las grandes urbes? ¿Imaginado?), y me asustan los remolinos humanos en torno a cualquier campana de aire negro visible desde tantos kilómetros. Una vez leí que el mundo se divide en esferas: nada más claro para comprenderlo como estar en Madrid, donde uno viaja desde el parqué gastado de un piso hasta los túneles con carteles del metro, y se embala en cajones subterráneos hasta una oficina o una clase o un bar cualquiera, y luego vuelta a empezar, y luego otra vez en otro recorrido distinto pero igual que siempre, sin ver la geografía, sin respirar el aire (¿qué es el aire?), sin conocer el verdadero espacio o el tiempo que se habita.

Trafico

Pero esta vez me detuve en la pareja de ancianos, escuché lo que él decía, memoricé las palabras exactas (y las copié en el teléfono móvil, en un mensaje borrador, para no olvidarlas): “Cuando bombardeaban Madrid con obuses, la metralla salía disparada por todas partes. Antes, la parada más cercana a nuestra casa era Ventas, pasando el arroyo… mi madre y mi hermana corrieron a refugiarse en el metro, pero no llegaron, y se escondieron debajo de un coche, las pobres ignorantes. Cuentan que la metralla decapitó a algunas personas, que siguieron corriendo sin cabeza, como pollos.

Manos

Después avanzamos una parada más, y los ancianos se bajaron despacio, entre tantos cuerpos, agarrados en su pequeña esfera. Yo me quedé mirando cómo se iban hasta que se cerraron las puertas y el metro empezó a moverse. Entonces me invadió algo así como una sensación amarga, como si los decapitados por la metralla siguiesen viviendo y andando por la ciudad, aplastándose contra las puertas del metro o de los bares: como si no hubiesen sido decapitados por la metralla sino por el tiempo, como si en realidad fuesen los cuerpos sólo cuerpos sin cabeza.  

Estacion_Metro

Entonces miré la puerta de mi derecha, que todavía no había mirado porque estaba cubierta de gente, y pensé en la pareja de ancianos y en los ojos verdes que me aguardan, llenos de geografías y de luces y de tiempo, y descubrí en un cartel este poema, lo leí entrecerrando los ojos porque estaba lejos; y escuché, al fin, mi música lejana; me comprobé, al fin, de pie sobre los túneles; salí, al fin, de la campana negra:

De tan poco que pesas mi suelo se construye
Aun estando tú lejos el amor me rodea
Aunque duerma sin ti duermo en tu lecho
No tengo yo tu amor por él avanzo
En él se pone triste esta tristeza
De tan poco que pesas es tuyo todo el suelo
Tu amor tan fácil de llevar me empuja
Tus delicados labios gobiernan hondas zonas
De quién somos si tú te llamas mía
Fue hecho para ti este ser que tus manos
tan seguras de qué tocaban han tocado

20/7/13

El rincón de Chechu: Al otro lado de la ría

Al otro lado de la ría existe un barranco de piedras que cae hasta la orilla rodeado de árboles, con un embarcadero o quizás un muro que lo soporta por un lado, como si doscientos años atrás amarrasen a él sus cabos algunos barcos piratas, con banderas negras de calaveras y huesos, mientras alguien cantaba alegre en la popa sosteniendo una botella sin marcas y alguien ascendía el barranco oyendo caer los pedruscos cada vez que enterraba una bota llena de sal en la colina.

Bandera pirata

Yo no sé qué recuerdo y qué imaginé alguna vez bajo los acordes de una guitarra, o si todo está inventado y algo que ocurrió realmente no es más que una semilla creciendo a través de los días: qué pirata pudo haber subido el barranco, o cuántos baúles de oro componían su botín, no es en realidad lo importante: lo importante es el misterio que todavía en este cigarrillo me viene a la mente, en este día de julio ahora mismo, mientras miro el barranco al otro lado de la ría por encima de un papel de periódico.

Cofre

Quizá me contó mi abuelo la historia de aquellos piratas penetrando la ría doscientos años atrás, y mi cerebro infantil la unió para siempre a las sombras difuminadas de los pedruscos (a partir de las siete, la orilla opuesta a nuestro jardín queda toda ensombrecida, y crece la niebla como en un relato de Conrad o de Stevenson, echando a los turistas de las playas y haciendo volar mis latidos de niño hace veinte años); pero miro el barranco y sin querer imagino tantas cosas que se han ido para no volver, o que quizá nunca se fueron: las arrugas en la frente cuando sonreía, sus auriculares siempre enormes, aquella vez que me abroncó con su voz poderosa y yo me quería esconder donde fuese, lejos de su vista aunque fuese ciego.

Libro La isla del tesoroEs maravilloso dejarse penetrar por el tiempo, y recordar, mirando el barranco, aquella vez que encontré una anotación suya en un libro de Marcuse de nuestra biblioteca, sobre los procesos químicos del cerebro que creaban la imagen, y el carácter intangible de la realidad, que se compone tan sólo de nuestras percepciones. Eso fue con dieciocho años y ahora que me detengo todas las mañanas en el barranco, mientras fumo en el porche, vengo a descubrirlo a él girando invisible alrededor de todo. Hace unos días en la playa discutí con unos amigos acerca de dios y la fe, y yo que no tengo fe más que en la belleza, intentaba explicar cómo todo se junta en una suerte de misterio que para mí resuelve o se acerca a vislumbrar un poema de Rojas, un trío de Schubert, una película de Tarkovski. Pero qué tendrán que ver unos piratas antiguos con aquella anotación de mi abuelo, o con el barranco marítimo que imagino al otro lado, más que todos pertenecen ya a mi extraña imaginación o memoria, porque la memoria no es más que un árbol que va creciendo a partir de cualquier detalle.

Nostalgia

En eso pienso cada vez que alzo la vista por encima del periódico en las mañanas calurosas de julio, y a veces me detengo a pensar que la belleza existe en cualquier parte, si se mira con pausa y se detiene el tiempo: el sonido de los pies descalzos de mi hermana contra las baldosas, un chasquido de ollas que se le escapa a mi padre de la cocina, el viento que mueve así, como de golpe, el pareo de mi madre cuando baja a la playa, la voz profunda de mi hermano o el ir y venir de las conversaciones entre casas, por encima del muro, como si fuesen globos.

Manzano

Mirar, qué ejercicio tan olvidado. Hoy pensé cuando miraba el barranco que había un pirata escalando, que las piedras caían al agua mientras subía; también recordé que mi abuelo nunca me contó un cuento de piratas ni de ese barranco, pero quizá me contó muchos otros que yo ahora imagino y proyecto allí, en aquella colina, que quizá no sea más que la parte trasera del jardín de una casa, desde donde quizás un nieto melancólico me mire a mí, fumando, y piense lo mucho que se parece nuestro manzano a una gran pirámide que recuerda a veces en sueños. Antes de entrar a escribir me paré un momento en la puerta, y escuché la risa franca de mi abuelo cuando el viento movió la buganvilla, y luego los oí discutir, a mi abuelo y a mi abuela, sobre algo del desayuno. Después me fijé otra vez en el barranco y vi a un ciego subiendo por él, con una perra guía dorada, girándose un momento para tirarme una piedra. Me llegó a los pies con un golpe de viento. Había sol por todas partes.

Mar

Mi abuelo nunca tuvo cara de pirata, y no le gustaba navegar, pero cuando murió, echamos sus cenizas a la ría. Cuánto se divierte viendo jugar a sus nietos rubios y morenos, y haciéndonos bromas en este apartado lugar de Galicia, y cómo se enfadará cuando yo le diga, ahora, que me deje en paz, que no me hable, porque a veces tengo miedo de mirar la belleza, que me hace pensar cuando fumo en el porche en viejas historias de piratas, y que me hace sentir, algunas veces, una fe misteriosa que no creo tener y que en estas mañanas de julio, allá en el barranco, me mira ciega, riendo, con una perra dorada tendida a su lado.

9/2/13

El rincón de Chechu: Dejemos pintar el aire

La primera pregunta es temblorosa, nace arrollada de antemano. La primera pregunta es por qué hay necesidad de preguntar. Recuerdo el día febril, de verano enfermo (como el verano Harakiri que llenó de gotas el rostro de Kingo), el verano en que traspasé las cosas y fui directo a Santa María para no regresar. Había estado en Comala, o todavía no; lo que es seguro es que Macondo a esas alturas lo conocía bien, porque al poner los pies en sombra me dije “dónde están los plataneros” o “dónde hay pétalos amarillos”. No era igual que Media Luna porque nadie estaba muerto. Allí lo extraño era que todo parecía morir: ese era el miedo: la degradación. Yo volvía de a poco a mi sudor para beber agua o fumar un cigarrillo a escondidas. Estaba enfermo y leía. Qué paso decisivo para preguntar.

Comala

Hubo un día en que tragué tanta agua mezclada con arena. También en verano, pero la playa: ahora el calor se agradece. No soy tan niño como antes. De mi viaje a Santa María apenas queda un hilo; al salir al mundo de nuevo las lecturas se encogen y dejan la luz campante y los chistes de amigos inflados en mí. Casi me apetece coger el mar como si fuese un globo, corro hasta la orilla esquivando turistas, clavo los ojos en aquellas olas como labios y aprieto el paso ya metido en el agua. Bajo el ritmo porque el agua me cubre hasta las rodillas. Es bello dar zancadas en el mar, lentamente y la tirantez de las piernas, el vaivén de los brazos, magia. Sigo. Casi llego a las cumbres. Me paro vertical, con el agua al cuello. Estiro los pies hasta rozar la arena del fondo, abro los brazos en cruz, muevo las manos. El pelo todavía seco. En la ola que avanza veo pedazos minúsculos de sol. El arrastre leve hacia ella. Va a romper aquí. El arrastre que me descoloca y me eleva. Golpe, sordo, voltereta, garganta, con, arena.

El astilleroOlor de carne y humo en la hierba recién cortada. Este fue un día anterior a los otros. Las hojas que tenían mis manzanos bailaban contra un fondo azul, no de cielo sino de mar, tanto mar. El jardín aquel de infancia era una colina y yo tumbado miro el mar entre lunares verdes. Soy el más niño pero tengo conciencia. La camiseta que llevo puesta dice en letras celestes “Argentina” porque mi padre me la regaló cuando vino de allá, hace un rato. Huele a cosas que no conozco. ¿Argentina? Ahora es la carne que se asa al fuego. Desde atrás mi padre con las pinzas de asar. Troncos que se chamuscan y troncos de los manzanos, veo de pronto un caracol. Me levanto y lo cojo: es un caracol blanco pintado con una espiral. Negra. Qué significa esta espiral. Espero y miro atrás pero mi padre se fue un minuto. La parrilla solitaria. Me acerco. Entre la carne arrojo el caracol. Cae al fuego. Un sonido como de válvula. Chas. El caracol al morir sale volando.

Ordet

Ella contra las luces de Ordet. Un poco a mi derecha, sentada delante. Soy joven. Viendo Ordet recuerdo al niño de los caracoles, que mataba en las hogueras caracoles junto al mar, para que volasen. Mi padre tiene canas, lejos. Mi madre lee novelas. Yo en otra ciudad veo a contraluz los pechos de Ella. Se mueve para estar más cómoda. Ella es todo, pienso mientras el predicador predica, en la pantalla. Es mejor imaginar los pechos bajo esa tela que verlos en piel. Las sombras hacen juegos y sus brazos. Sus brazos redondos en cruz sobre la mesa. Cómo puede ser que la esté viendo por primera vez. La película me importa poco. Ha perdido su luz frente a la luz de Ella. La esposa va a levantarse de la muerte. Creo que Ella es pelirroja. Los focos de Dreyer me la dibujan así: pelirroja. Recordé los caracoles y aquel niño por ese fuego. No por Ordet. La película la envuelve para mí. Sigue sentada a mi derecha. Cuando la esposa resucita gracias a la fe, yo comprendo. Los pechos los brazos el pelo rojo. Ella.

Ponyo

Si mi hermana supiese. Mi hermana que vino de tan lejos a nuestro mundo distinto. Estoy en la mesa comiendo una rodaja de melón. Ya enamorado con Ella, después de la noche novios y carne tibia. La pienso porque vuelve a ser verano y está lejos su pelo rojo. Pero mi hermana me observa desde el sofá. Yo siento que mira la película pero me mira a mí. La película es Ponyo. Miyazaki cómo pinta el agua. “El cine es imagen y movimiento”, recuerdo. O no. Porque tiene tentáculos. Claro que oigo cómo los pies pequeñitos de mi hermana se acercan a mí. Por encima de la película se deslizan. Me giro un poco y le pregunto. ¿Qué pasa? Tiene cuatro años. Sonríe pero la sonrisa siempre está. Qué maravillosa hermana que vive sonriendo. No contesta pero mueve un bracito moreno. Moreno de aquel sol que yo veía en la ola. Ata a mi cuello una servilleta. La alisa mientras yo la miro a los ojos. “Para que no te ensucies”. Y se acerca a la pantalla. Intenta tocar a Ponyo. Recuerdo los caracoles volando. Si mi hermana supiese.

Sacrifico

Mayor, de madurez incipiente. Veo el final de Sacrificio. Una casa en llamas. La hierba verde. El mar al fondo. El hombre corriendo desesperado. Otra vez la ciudad donde conocí a mi pelirroja. Solo. El movimiento de la cámara. Tarkovski muerto después de esta película. “El cine es imagen y movimiento”, pero tiene tentáculos que me agarran. Recuerdo la tarde febril de Santa María, recuerdo aquel viaje y el miedo. Recuerdo mi garganta con arena. El caracol volando. Los lunares verdes. Pienso en Ella. La primera pregunta es temblorosa, nace arrollada de antemano. La primera pregunta es por qué hay necesidad de preguntar. Aquel pueblo en que todo moría lentamente. La casa en Sacrificio sigue ardiendo. Recuerdo el olor de la carne y a mi padre tan joven. Esa hija de pie junto al mar, en la pantalla, un mar quieto e indiferente. Recuerdo cuando fui engullido por la ola. Después el niño junto al árbol: recuerdo a mi hermana. La casa en carne viva: caracoles volando. Y la certeza de la primera pregunta temblorosa. Y la certeza de que estoy más cerca de comprender, más perdido. Qué maravillosa muerte, la muerte poética. Nunca he vuelto de Santa María.

14/12/12

El rincón de Chechu: Ocho años

Me dijeron que corriste a sentarte para leer ese libro que yo te regalaba, por manos de mi madre, al cabo de un cumpleaños. No pude verte: vivo muy lejos de ti, en espacio y en tiempo; pero mi madre me contó tu reacción —con esa forma que tiene de comunicar, siempre ilusionada y dulce, ya lo notarás cuando crezcas, o quizá lo percibes ya desde la infancia tardía, qué sé yo—. El caso es que comenzaste a leer de inmediato, rodeado de un centro comercial. Es curiosa la fragmentación tuya, esa que pertenece al tiempo igual que todos vivimos, pero que no es el mismo para un niño que para un muchacho como yo, o qué decir para tus padres, o qué lejos nos quedan a ambos los abuelos. Pero tú leíste y gracias a mi madre puedo verte allí, en medio de la absoluta claridad y el ruido, sentado, con los ojos fijos en Viaje al centro de la Tierra 

Viaje al centro de la Tierra2

Cuando fui a la feria a buscarte un regalo, me quedé parado en la Plaza Mayor (algún día conocerás Salamanca, la ciudad en que vivo, y quizá en algún momento permanezcas como yo clavado en la plaza, mirando alrededor, y recuerdes la palma de la mano de Castilla, y pienses que la plaza es esa palma pero engarzada en arcadas, como yo pensé). Parado en un instante mientras decidía a dónde ir: a los puestos de literatura infantil, o a los otros. Pero no decidí nada, y me dejé arrastrar, lentamente, mientras hacía memoria y me asaltaban las Narraciones extraordinarias, un poco precipitado, El doctor Jekyll y Mister Hyde, qué desliz por mi parte, La isla del tesoro, aún es pronto para que lo aprecie en su justa medida, El hobbit, perderá su encanto en las salas navideñas, Salgari, ¿entenderá la amargura del Corsario Negro?... Y así, por espacio de varios minutos, caminé entre los puestos pensando en mi yo infantil como si en algún momento hubiese sido tú.

Plaza Mayor

El tiempo, que no es el mismo para nadie. Entonces pensé en ti —en lo que tú eres para mí, que es quizá muy diferente a lo que eres—, y se me encabalgaron en los ojos mil imágenes dispersas: tú cuando eras bebé, un día de invierno, embutido en el cochecito rojo, mientras paseábamos todos por aquel pinar: tú en los momentos en que creciste de golpe, navidad tras navidad, descamisado y jugando en sudor infantil, revolcándote en la alfombra como una trucha: tú cuando salimos a volar el avión teledirigido al jardín, y se me quedó estrellado en el tejado, cómo me miraste y tu miedo al verme trepar por la pared, deseando que no se hubiese roto: tú en bañador, bronceado y rubio, subiendo las escaleras de casa sin darte cuenta de que te miro desde el salón, por encima del libro: tú con tus gritos de emoción al marcarme gol en las porterías de plástico, bajo el único manzano que permanece de los tres que, cuando yo era niño, agarraban desde nuestro patio el cielo con las manos.

Entonces la poesía. Se me ocurrió la poesía, al recordarte, porque está fuera del tiempo como lo estamos tú y yo, y como en definitiva lo estamos todos, aunque no nos demos cuenta. Gloria Fuertes, pero no quise ejercer de maestro, algún libro en gallego, ¡Estoy en Salamanca!, pensé de pronto… y se me ocurrió que yo aprendí de memoria Enorme tronco que arrastró la ola, / yace el caimán varado en la ribera; / espinazo de abrupta cordillera, / fauces de abismo y formidable cola. O que desde aquellas sábanas tibias, cuando tenía la misma edad que tú y mi madre me leía poemas antes de dormir, me imagino como un sueño resbalar la vida. Era algo, la poesía, a lo que yo no te podía empujar, porque surge de un lugar desconocido, y nadie y menos yo debería regalarte a los ocho años un libro de poemas. Sólo la magia de tu infancia puede conectar con la magia del poema, quizá desde la voz cálida de una madre, quizá en medio de qué extraño azar. No iba a ser yo capaz de tomar partido. Quizá la poesía sea una eterna infancia.

Julio Verne

Y los vi, apretados al fondo del estante. Era una colección ilustrada de Julio Verne, e inmediatamente me acerqué a la mujer y le pedí uno para ojearlo. Qué dibujos a lápiz, pensé, y entonces se encendieron en mí otros recuerdos: tu padre. Tu padre que es mi padrino, de la misma forma que yo soy el tuyo. Él, cuando era joven, tenía el pelo largo (muy parecido a como lo tienes tú ahora, pero en color más oscuro, tú has heredado el rubio materno, y eres nuevo portador de la mezcla infinita de la vida), y cuidaba de mi tortuga porque yo no era constante, la cuidó hasta que se hizo enorme. Tu padre fue para mí un padrino fantástico, me iluminó tantas veces la imaginación, tantas veces el juego bruto de los hombres, la pesca de lubinas entre las rocas… y me hizo tantos dibujos. Tu padre es capaz de dibujarse, en sus dibujos se ve quién es, y cómo siente. Las ilustraciones de Viaje al centro de la Tierra me hicieron pensar en El lazarón, libro de cuentos fabuloso que publicó nuestro abuelo Bernardo, después de ganar el premio Tiflos. A Lelo ya no lo conociste, pero sabes que era un faro que nos iluminaba a todos, a pesar de su ceguera. Pues aquel libro, El lazarón, lo ilustró tu padre. Y una vez me dibujó un elefante encima de una pelota, y un Superman ondeando su capa. No sé dónde estarán aquellos dibujos, pero supe al abrir el libro que había encontrado tu regalo.

Porque, verás, en medio de la plaza, entendí cómo debía funcionar nuestra relación en aquel momento. Yo no debía comprarte un libro que me hubiese marcado a mí de niño, porque yo no soy tú y ni siquiera sé qué eres tú, en realidad, y el tiempo cambia todo de forma tan atroz y tan salvaje. Tampoco debía regalarte poesía, porque tú estás en ella y eres capaz de hablar con el lagarto y la lagarta, mientras lloran, con delantalitos blancos, y quizá eres también capaz de buscar su anillo y encontrarlo, y hacer que dejen de llorar. Viaje al centro de la Tierra es un libro que yo nunca leí, ni de niño ni hasta ahora, que está dibujado de forma parecida a la que dibujaba tu padre cuando era joven. Y que era, además, la novela favorita de nuestro abuelo, que nunca conociste.

Viaje al centro de la TierraAsí que me lo llevé, pensando amargamente en que los videojuegos y las niñas del cole que te persiguen (tu pelo rubio, pequeño demonio) no te iban a dejar leerlo. Pero al cabo de unos días me llamó mi madre, y me contó cómo te apartaste, en el centro comercial, y te sentaste a leerlo. Y fui consciente de que quizá estuviese ahí la cifra del mundo, en esos dibujos, en ese Viaje al centro de la Tierra que Lelo veneraba y que yo nunca leeré, porque ha pasado directamente a ti, sin interferencias. Quizá te transporte a otros lugares, a aventuras imposibles, pero lo que yo deseo es que te mantenga como estás, fuera del tiempo, en esa infancia que tarde o temprano acabarás perdiendo. Y cuando la pierdas, será el momento de la poesía, y yo seré otra persona distinta a la que soy, como tú, y entonces podremos hablar, tristemente, de los tres manzanos que había en el jardín cuando yo era niño, del único que quedaba cuando lo eras tú, y de lo vacío que se habrá quedado el patio sin ellos, de lo azul que se verá la ría sin hojas que la dibujen de lunares verdes.

A Daniel, mi ahijado, que acaba de cumplir ocho años.

29/11/12

El rincón de Chechu: Maldito Cervantes

¡Ay! Yo quería escribir sobre algo diferente a las salchichas esta semana. Dado que la anterior estuvo aquí de visita nuestro conocido Blanch, y que rememoramos viejos tiempos Vandyckeros (su reseña de El ladrón de palabras, resultado: yo no haré comentario alguno, mi opinión sobre ella es justo la contraria de la suya), y viejos tiempos bebercieros y demás conmemoraciones, no salió publicado mi correspondiente artículo, y llevaba dándole vueltas al coco un par de días sobre algo que tuviese que ver con El último tango en París o El sol del membrillo. Pero para membrillos, los que se cruza uno todos los días. Y el miércoles pasado, en la puerta de la Facultad de Filología de Salamanca, no pudo ser una excepción.

Plaza Anaya

Lo primero sería analizar las conversaciones que tiene la gente cuando fuma. La pausa de clase, la puerta helada, los abrigos y los gestos de frío. Lugares idóneos para hacer amigüitos nuevos o para desatarse con los que ya se tiene, no sé por qué. Si las copas o las cenas comunes sirven para revelar definitivamente lo idiotas que somos todos por dentro (me incluyo sin reservas, no me acribillen), los pitillos a la puerta de la facultad constituyen una antesala del buen rollo y la expresión de sentimientos, vidas pasadas, experiencias o familiares que a nadie importan un carajo, pero que todo el mundo traga porque parece norma común. Luego, en la noche concreta, viene ya el desparrame (e incluso el deseo sexual reprimido, según de qué individuos/as se trate y qué taras psicológicas tenga cada uno). Recuerdo la primera vez que salí de fiesta con mis compañeros de Comunicación Audiovisual: aquellos dos que apenas se conocían de un pitillo, devorándose en salvajes morreos salivales a dos palmos de mi propia cara.

Cervantes

Pues el miércoles pasado escuché, mientras fumaba sentado en las escaleras de piedra, una conversación de esas cómplices y gamberretas que se tienen after class. De literatura va el tema, por aquello de que éste es un blog temático, y porque de literatura hablaban ellos, y porque, ya en última característica definitiva, los tres estudiaban literatura. Es decir, no son un personaje cualquiera de la vida cotidiana. Son, exactamente, universitarios que estudian Filología Hispánica. Reproduzco fielmente sus palabras, y juzguen por ustedes mismos:

—¡Joooooder, tío!

(Risas de ambos. Lían cada uno un cigarrillo mientras suspiran con incomodidad.)

—Ya. Menudo coñazo.

—¿Sabes de qué me estoy acordando ahora?

—De qué.

—Pues de una cosa que dijo un tío de mi clase en primero de bachiller.

(Antes de continuar espera un momento, llevándose el cigarro a la boca con gesto casual y roquero. Lo enciende. Aparta el mechero de golpe. Mira al cielo y suelta el humo haciendo ruido con la boca.)

—Preguntaron en clase quién era Cervantes. Y uno, que era el más colgao, levantó la mano y dijo: Cervantes era un hijoputa.

(El otro empieza a reírse a mandíbula batiente. Tose mientras ríe.)

—¿Cómo que un hijo de puta?, dice la profe, y dice él, Sí, porque escribió este pedazo ladrillo y por su culpa ahora yo lo tengo que leer y hacer un trabajo.

(En ese momento se incorpora un tercero a la conversación. Risas de los tres.)

—Ya tío, es que El Quijote… a mí me mandaron leer Niebla, que por lo menos es cortito.

—¡Ah, sí! A mí también. ¿De quién era ése?

—Pues yo creo que de Unamuno.

—Qué va tío. Unamuno no escribió eso. Unamuno era el de las nivolas. Del teatro, vamos.

—Ah, tienes razón. Pues debió ser otro.

(Cambio de tema en la conversación. Los tres fuman, espléndidos).

—Venga, el peor coñazo de todos es el de la soledad.

—¿Soledades?

—Pero eso es poesía, ¿no?

—No hombre. Es una novela de Gabriel García Márquez.

—¡Ah! Cien años de soledad o algo así. Es verdad. Me confundí con otro.

—En el que salen todos los mil hijos de Buendía.

—Sí, ése, ése. Leerlo me llevó la hostia porque tenía que estar todo el tiempo volviendo atrás, porque no me enteraba de quién era quién. ¿El padre? ¿El abuelo? ¿El nieto? ¡Su puta madre! Además es largo de cojones.

—Joder si es largo.

—Lo dicho. Menudo coñazo de trabajo.

—Ya te digo macho.

Pa’ qué.

—Maldito Cervantes.

Ahí están, estos jóvenes filólogos. Abriéndose paso dificultosamente en el injusto mundo en que vivimos, que nos priva de oportunidades, felicidad, derechos y amor al prójimo, que nos subyuga con una losa invisible de alienación capitalista que es preciso derrotar con la cultura por bandera, con humildad, con cócteles molotov, con títulos de licenciado y graduado en la mochila que valen exactamente lo mismo que las mierdas que caga mi tortuga cuando le doy de comer salchichas.

14/11/12

El rincón de Chechu: Esa puta salchicha

Imaginen ustedes una noche agradable en Salamanca. Aunque nunca hayan estado aquí, o ni siquiera conozcan la ciudad: cielo negro, luces de colores, algo de tráfico, nada de viento. Dos tipos caminan por la calle. Yo soy uno de ellos, y el otro es nuestro querido Blanch. Como habrán podido intuir, nos dirigimos al cine. Vamos a ver, en concreto, Los juegos del hambre. No a los Van Dyck, porque no la tienen en cartelera; vamos al Vialia, ese que está en la estación de trenes y es enorme, con sillones rojos y pantallas tan anchas que para seguir el plano-contraplano de las conversaciones hay que girar el cuello.

Coca-Cola

Una vez dentro (el camino es normal y corriente: veinte minutos a patas por la calle), las innumerables luces que parpadean me tientan a comprar mil artículos para el mejor disfrute de la tarde-noche. Al girar hacia la izquierda, donde están las taquillas, veo un cartel de Coca Cola, y pienso que quizá durante la peli me entre la sed. Puede que sea necesario —me digo— comprar una. Pero claro: soy un individuo anormalmente educado, y entonces recuerdo lo mucho que me molesta oír a alguien sorber por una pajita cuando estoy atendiendo a un diálogo especialmente sutil. Que sorban durante las explosiones y los tiros no me importa, pero claro: es en esos momentos cuando más concentrado se está en la espectacularidad de las pelis, así que el bebercio se ciñe a las escenas aburridas. Es decir, cuando hablan. Y yo, que soy un tonto del culo más, no podría hacer una excepción. Y eso por no hablar de los cuescos que provocan las bebidas con gas. Entonces, gracias a la empatía, sorteo el primer reclamo publicitario que, de haber sido yo un egoísta, hubiese penetrado en mi ovino cerebro.

Palomitas

Libre de burbujitas dulces, ya con las entradas en manos de Blanchi, nos dirigimos hacia las escaleras mecánicas que suben a las veinte mil salas Dolbisurraund diyital hachedé que tiene el todopoderoso y confortable Vialia. Pero durante el ascenso me asalta la segunda duda: ¿no tendré quizá un poco de hambre? Delante de mí voy viendo poco a poco esa caja de cristal donde tienen palomitas saltando, y mis pobres neuronas comienzan a agitarse igual que los granos de maíz calentitos, en sublime metáfora. Mmmm… palomitas. Además son tan blancas, con esa pinta de trocitos de nube que tienen (todo un mecanismo simbólico comienza a abrirse paso en mi mente, sin que yo me entere), y huelen tan bien, igual que el horno de mi madre cuando estoy bajo su tierna protección. Me recuerdan al fuego de una chimenea. Pienso entonces en la cocina de leña de mi abuela. El sonido de los troncos crepitando. El olorcillo de las castañas en otoño, en la Calle Real de Coruña. Cómo echo de menos a mi madre. Necesito tengo amor que me quieran hambre qué solo estoy palomitas peli seguro que fuera llueve quiero mucho a mis amigos qué buen amigo es Blanch qué buena temperatura hace en el centro comercial cómo me gusta cuando me… ¡Alto, estúpido Chechu! ¡No caigas en la tentación de comprar palomitas! ¡Valen casi tanto como la entrada! Y además no te gusta cuando las mastican a tu lado y hacen tanto ruido desagradable. No las compres. ¡Me da igual! ¡Me gusta el calorcillo y quiero a mi madre y fuera seguro que llueve! ¡Voy a comprarlas! ¡Nooooo! ¡Recuerda que no tienes Coca Cola y las palomitas dan sed! Entonces me paro, y sigo a Blanchi en su camino hacia la sala. Me libro de las palomitas por no haber comprado Coca Cola, paradójicamente.

Menu Cine

Orgulloso de mí mismo y mi individualidad de activista antisistema (en cierto modo, no he comprado nada), penetro en la oscuridad completa de la sala de cine. No hay ningún tipo de luz, y tengo que seguir la tenue iluminación de mi pantalla de móvil, molestando a todo cristo que ya está sentado confortablemente en su butaca. Agradezco de veras cuando hay escenas de luz clara en los anuncios de antes de los tráilers, porque veo un poco más dónde hay gente sentada y dónde no, y quizá —sólo quizá— el número de fila que me toca. Después de un par de tropezones y con el sobaco totalmente empapado por el fragor de la búsqueda de mi sitio, lo encuentro. Son dos, porque voy con Blanch. Él se sienta en el que está más hacia el fondo, y a mí me toca más hacia el pasillo. Tenemos que pedir, amablemente y por favor, a los dos sujetos que están entre nuestra verticalidad de hombres cansados y nuestro butacón rojo, si nos pueden dejar pasar, a lo que no contestan. Esperamos unos segundos, repetimos la operación verbal comunicativa con mucha educación, y no pasa nada. Así que pasamos por nuestra cuenta.

Cinebox

Pero cuando Blanch se sienta, yo descubro que mi sitio está ocupado por un abrigo que el chico que está a mi lado ha dejado ahí. Entonces, de pie y siendo molestosamente visible para toda la sala cuando se producen las mencionadas escenas de luces claras en la publicidad, le pregunto educadamente si puede retirar su abrigo de la butaca que yo he pagado para poder sentarme a disfrutar de la peli Los juegos del hambre. Y veo cómo me mira y cómo es: lleva una camisa, tiene el pelo engominado y está más musculoso que Hulk. Me mira con desprecio. Su ropa es demasiado apretada para sus músculos. Yo me quedo de pie, esperando su respuesta. Entonces gruñe, y al gruñir, le caen por encima de la camisa dos palomitas que estaba masticando y que van a parar al suelo, junto a mis pies. Quita el abrigo y se lo echa encima a su compañero (de similares características). Yo, por fin, me siento, no sin antes pisar la palomita y sentirla pegada a la suela de mi zapato.

JACK AND JILL

Empieza la peli y no puedo oír nada porque el sujeto de mi derecha está masticando a mandíbula batiente. Tampoco se corta al cogerlas: agarra grandes puñados que se lleva a la boca de forma primitiva. Será —pienso— que se ha tomado el título de la peli al pie de la letra, ya que ni de coña a él le va a pasar lo mismo que a la protagonista. Cuando van cinco minutos y sólo me he enterado del apartado meramente visual de la historia, ya que el auditivo ha sido colonizado por el individuo masticador, intento calmarme: tranqui, Chechu. Al menos huele a colonia y no a choto. Podría ser peor. Pero en ese instante, justo cuando pude oír una palabra que dijo un actor secundario porque el sujeto hambriento había dejado un segundo su actividad, escucho otra cosa: un sonoro eructo. Y después, olfateo: el individuo ha merendando una buena salchicha con mostaza.

Perrito caliente 

Entonces hago memoria, y recuerdo que una vez, en Los Rosales (A Coruña), me encontré en el cine con una familia que se había llevado platos con una especie de estofado. Así que me calmo un poco: podría ser peor. Pero luego el jodido individuo se tira otro eructo, esta vez silencioso pero olorosísimo, y ya su actividad pasa a ser constante: puñado de palomitas, mandíbula batiendo, eructo de salchicha y mostaza, puñado de palomitas (alguna que se cae sobre mí), dientes chirriando, eructo de salchichaza. Y claro. Aprieto fuerte los puños y me digo a mí mismo que soy idiota, y que la próxima vez que vaya al cine voy a comprar Coca Cola y palomitas y nachos con queso y callos y morcilla para ponerme hasta arriba. Y luego me voy a levantar en mitad de la peli, me voy a subir al respaldo de las butacas, y voy a vomitar sobre todos los gilipollas que van cada día al cine conmigo, como una fuente, riéndome a carcajadas mientras huelo el airecillo de las putas salchichas esparcidas por el suelo.

7/11/12

El rincón de Chechu: Partita para un músico

Ha empezado a llover justo ahora, en el momento que terminaba mi cigarrillo, el violín resuena en las paredes de mi cuarto y escucho una comida que se hace, allá a lo lejos al otro lado del pasillo, en la entrada de la casa, también escucho los ruidos de la calle a través de la ventana, miro por ella, veo a una mujer apresurada que camina bajo la protección de un paraguas que se mueve violentamente por el viento. Sigue el violín retumbando finamente contra las cosas, tú dónde estarás, yo escribo esto y a doscientos quilómetros de llano terregoso y carreteras rápidas estarás tú, el mismo viento que ha movido el pelo de la mujer quizá haya pasado por las paredes de tu lugar; digo lugar porque no sé dónde estás ahora mismo, sólo un apartamento soñoliento que has descrito como “extraño, pero acogedor”, ¿Tendrás calefacción allí, en ese tu apartamento nuevo, incrustada quizá detrás de tu mesa que podría ser parecida a ésta sobre la que apoyo mis codos ahora?

SalamancaTus manos eran de cuero cuando las llevabas encogidas en los puños de la cazadora porque caminabas en estas calles mientras hacía frío, esas manos que luego apoyabas en la barra del bar mientras pedíamos una jarra de cerveza y que lentamente movías para sentarte en el taburete de la mesa que está junto a la entrada. Yo me sentaba enfrente de ti para charlar sobre cualquier cosa, aunque la conversación siempre nos llevaba a lugares mágicos, tu pasado o mi pasado o qué importaba ya el pasado porque estábamos allí, en el bar recogidos, hablando mirando las caras de los dos.

Vuelve este viento que ahora noto silbar en la persiana recogida, ese que quizá hayas visto tú desde aquel piso desconocido en el que sé que vives. ¿Vives todavía? Aquí no, yo no te veo ni escucho tus zapatos por el pasillo ni el ruido de la bolsa en la que traes la cena ni las latas de cerveza que abres delante de la televisión, ese partido, aquellas noches, no estás ya nunca cuando llego de algún sitio, esperando igual que esperaste en mitad de la carretera casi al principio de conocernos, cuando yo estaba borracho y tú me tenías que llevar a donde habíamos quedado en ir, aquel piso de aquella muchacha que casi tampoco recuerdo. Ese viento quizá sepa si vives o no, lejos de aquí.

violin

El violín se ha parado bruscamente o es que yo, quizá, no me he dado cuenta de su agonía final porque estoy tratando de imaginar qué haces o dónde estás, ahora han entrado un momento en mi habitación para pedirme papel de fumar, tú no fumabas. Se ha terminado la Partita para violín de Bach, esa que es la número dos número mil cuatro no sé cuántas cosas más que no conozco porque nunca he llegado a saber qué rige la nomenclatura de las piezas en la música clásica, tú seguro lo sabes y ahora me gustaría mandarte un mensaje como los de antes para preguntarte si bajas al bar, a beber una jarra de cerveza, y contarme qué diablos significa un Opus y el número que va después y tantas otras cosas que tú conoces y yo no.

Lluvia

Había pensado en escribir este artículo sobre la imposibilidad de realización que tenemos nosotros, es decir, muchos hombres en general pero concretado en nuestro pequeño grupo de Salamanca que intentamos hacer algo más que trabajar en una fábrica de cualquier cosa, de televisión o de cine o de escritura corrompida por los tiempos, e iba a titularlo La furia, pero hace un rato mientras yo fumaba el cigarrillo después de comer y ella recogía sus platos con ese movimiento impredecible que tiene su cuerpo cuando se mueve y parece que habita otra realidad distinta a la que me muero por acceder, justo en ese momento ella me contó lo que habíais hablado el otro día y entonces yo recordé que sí que existes aunque no pueda verte ni bajar a tomar una cerveza contigo ni preguntarte cualquier cosa sobre música como siempre hice. Decidí no escribir nada sobre aquella melancólica idea de La furia, y quise sentarme a escribir con esta Partita que Bach compuso para su mujer muerta, a ver si entre la música retumbante del violín y el dejarme llevar hacia ti, quizá por este viento que ahora se ha parado o por esa música que siempre has tenido guardada en tus dedos, descubría que sí, que sigues existiendo aunque sea a doscientos quilómetros de tierra y asfalto veloz, pero no he conseguido descubrirte ni volver a aquellos tiempos en que apoyabas tus manos de músico en la barra del bar, antes de pedir nuestra jarra de cerveza, ni he conseguido recrear fielmente cómo tus dedos se escondían en los puños de tu chupa de cuero al caminar por una Salamanca que ya no existe tampoco porque tú no la caminas.

Salamanca2

Pero La furia, en fin, se ha quedado en mi mente y no he podido alejar de mí la idea de tanto talento que se muere encerrado en jaulas de paredes blancas, sea aquí en esta ciudad de piedras antiguas o sea en aquella otra ciudad central, imán, vomitorio de personas y objetos, en la que vives quizá en un apartamento que existe pero yo no conozco todavía y que para mí es tan lejano como tu pelo rizo tan negro. Como tampoco recuerdo las notas que componías con tus manos de músico y tu espíritu alejado del mundo y tampoco sé por mí mismo si escribes todavía esa música de la que estás hecho, aunque las empresas no te puedan pedir trabajos y el sitio en el que vives no te deje sacar la cabeza del agua. Pero aunque no consiga verte ni llegar a donde estás para decirte estas cosas con mi voz quiero creer que la música es más fuerte, que tu espíritu es más fuerte y que tus notas se elevan por encima de los edificios ruidosos, y que aunque deberías dejarte vencer sigues componiendo músicas que dicen al carajo y que además son más bellas que todos los momentos pasados y todos los negros momentos que todavía están por venir.

A mi amigo David Muñoz Pérez, músico.

31/10/12

El rincón de Chechu: El artista y la modelo

En la habitación, a mediodía, se refleja el sol a través de las hojas del árbol, haciendo dibujos en las paredes con un movimiento azaroso. Lo que existe más allá llega a la puerta del armario, con mil capas distintas de transformaciones y viajes, desde la estrella que arde: es luz que veo ahora pero se ha perdido en nuestra mediocre percepción del tiempo.

El artista y la modelo3

Nos enfrentamos, así, a un infinito compendio de cambios y realidades que no existen. ¿Qué es lo que yo veo en mi armario? Será un dibujo noble que se mueve, a mi derecha, y me distrae levemente de la escritura; una huella, un cuadro de sombras bailarinas, contorneadas de luz temblorosa. Ahora imaginemos —yo lo escribo—, que un pintor se propone captar el instante y agarra un lienzo, se engancha la paleta en una mano, y dedica su empeño y su genio en transportar la belleza de la luz reflejada en mi pared del armario. Quizá yo escribiendo, vestido de verde y sentado, sea un contrapunto de peso en el cuadro. Quizá elija el asidero de las puertas, por su color diferente justo ahora, para crear tonalidades nuevas. En todo caso, existe un artista a mi espalda que pinta la escena.

El artista y la modelo4

Comienza los trazos (qué técnica utiliza, no importa en este caso) y va componiendo una realidad que ya es paralela a la mía. El hombre, de pie frente al caballete, traduce la luz traducida a lo largo de infinitos cambios. ¿Qué pretende, este pintor? Quizá pudiera pretender una fotografía, un detalle exacto: sería El sol del membrillo, pero en mi cuarto salmantino de mediodía. Quizá se dedique a entender la luz, y pretenda fijar en su lienzo la percepción momentánea y personal del instante: estaríamos, entonces, más cercanos a La habitación. Quizá intenta muchas cosas diferentes, con innumerables sentidos. Sin importar lo que el pintor pretenda, en cualquier caso, el mundo que refleja, ¿es real, o está ya reflejado?

El artista y la modelo5

Sin rozar un mundo de ideas, o de sucesivas proyecciones (pero tocándolo, en fin, porque el mundo está ya inventado y es viejo), vamos a centrarnos en el hombre detrás del caballete. Parece que se demora, y que corrige. Está en absoluto silencio, mirando fijamente no la pared, no la luz a través del aire, sino lo que lo rodea; hace pausas, también, para moverse y fumar de vez en cuando. Yo me distraigo otra vez levemente, porque el pintor tiene el rostro curtido, y mira desde el fondo de un bigote llamativo y blanco. Me produce nervios, el hombre, porque quizá esté pintándome a mí también, y yo escribo, mientras, en silencio, pero haciendo ruido de teclas que, también quizá, le moleste. ¿Pero no le molestará además aquel coche, o la música que viene del cuarto de al lado? ¿No será un bache el ambiente enrarecido, ya que no me conoce de nada? ¿Y el tierno olor a puro? ¿Y el ronroneo acuático del calefactor?

El artista y la modelo

Decido, entonces, pararme y preguntar. Es un pintor ya anciano, deduzco que al final de muchas obras y algunos procesos (terminando, más bien, el proceso suyo que él ha sido). Tiene una camisa sucia, remangada por los hombros, que lo presenta tan leve que parece no pesar en absoluto; el pelo largo, cubriéndole las orejas; un pantalón de pana marrón, algo grande. Es —pienso mientras lo miro— un gran artista. Parece no haber notado que he dejado de escribir y lo miro; él sigue a lo suyo, ahora otra vez tras el caballete. De pronto me digo: ¿Qué concepción tengo yo de este hombre, si sólo por su imagen ya me he creído que es un artista? ¿Qué tiempos y procesos y transformaciones ha sufrido el concepto de hombre creador, para que yo lo tenga asimilado de forma tan fuerte? Ni siquiera he visto aún su cuadro, que parece devorarlo por un momento (es mucho más grande que él, y él lo mira agazapado, como desde una esquina de su cuerpo). Lleva ya un par de horas pintando, moviéndose, haciendo pausas, en la demora. ¿Habrá acabado ya?, me pregunto. ¿Habrá siquiera empezado?

El artista y la modelo2

Entonces ya dejo las teclas, y me vuelvo hacia él, interrumpiéndolo. Le pregunto directamente qué hace, y por qué ha venido a mi habitación, a pintar la luz que se refleja en mi armario a través de los árboles. Él me mira sin importancia, y me dice que hay aquí algo natural, pero no sabe todavía qué es. ¿Y por qué —le pregunto— un cuadro? Quiero hacer mi último trabajo, me responde. El hombre sigue hablando, con la luz bañándole la mejilla izquierda: Todavía no sé cómo será, estoy buscando un detalle. ¿El detalle de la luz?, le respondo. No, dice: La luz todo lo cambia, todo lo moldea, pero es inconstante. Busco —y entonces ya termina— el misterio más allá de ella. En ese momento se nubla el cielo, y ya no hay dibujo en la pared del armario, pero él sigue aquí, se levanta, y encara otra vez el caballete.