¿De qué va?: En el año 2154, un ex-marine inválido llamado Jake Sully es reclutado para llevar a cabo una misión en el planeta Pandora, donde deberá infiltrarse en la raza que habita el lugar, los Na'vi. Para ello, usará una avanzada tecnología que le permite controlar con su mente un cuerpo alienígena a su imagen y semejanza llamado avatar.
De todas formas, no creo que exista ningún impedimento para que Avatar se convierta en un rotundo éxito, pues pocas películas se han estrenado este año que tengan un sentido del espectáculo tan desarrollado como lo tiene la cinta de James Cameron; casi tres horas de cine en su acepción más increíble e imaginativa. Pandora es un planeta asombroso, de montañas flotantes, árboles gigantescos, flores que se iluminan como luces de neón y un bestiario que parece sacado de un Final Fantasy. Los Na'vi también han sido creados con mucho mimo hasta en el más mínimo detalle, confeccionando una historia y cultura que se podría enriquecer en las más que probables continuaciones de la película.
Tanto los personajes digitales como los reales están perfectamente integrados en el escenario, consiguiendo un gran avance respecto a otras películas en las que los actores se movían en un entorno totalmente digital. Las interpretaciones son muy decentes, con Sam Worthington en cabeza confirmando su talento y carisma, algo que ya sabíamos de la arrolladora Sigourney Weaver. Sin embargo, ninguno llega a lucirse porque los esquemáticos roles que les han tocado interpretar no dan espacio para ello.
Desde la presentación de los personajes sabemos cómo va a evolucionar cada uno de ellos a lo largo de la historia, lo que viene implícito en el gran ‘pero’ que se le puede achacar a la película, y es su argumento. Simplificando un poco, podríamos decir que es una nueva versión de Pocahontas pero en el espacio, con detalles que me recordaron a Matrix y a FernGully, aunque seguro que cada uno podrá buscarle sus propios parecidos. La historia, con mensaje ecológico muy poco sutil, depara pocas sorpresas, pero al menos engancha desde el comienzo y está bien estructurada.
Ver Avatar sin el efecto 3D puede considerarse como una experiencia incompleta, pues gran parte de su atractivo reside en esta tecnología que poco a poco se va implantando en el cine comercial. Aquí no está insertado como un mero complemento, forma parte de la película y se nota mucho en la profundidad de campo, al igual que se disfruta en las espectaculares secuencias de acción, de lo mejorcito del año. En definitiva, Avatar es el gran espectáculo que prometía ser, aunque haya ido en detrimento de la historia, y es que si se hubiera invertido en el guión la mitad del tiempo que se empleó para los efectos especiales sería el éxtasis, pero se tiene que conformar con ser la bomba, que no está nada mal.


