Podría empezar la entrada de esta semana diciendo, por ejemplo, que todos tenemos una lista más o menos grande, más o menos secreta, de películas malas que nos gustan. Podría decirles que tranquilos, que no se alarmen, que yo soy consciente de que lo que estoy a punto de escribir es una visión parcial, personal, subjetiva y por lo tanto no válida en términos generales. Podría decirles todo eso y mucho más, podría escudarme tras el cobarde tapiz del "entiéndanme, yo soy yo y tengo mis gustos.” Pero no. Absoluta y rotundamente no, de ninguna manera. Voy a expresar lo que para mí son verdades sagradas que muy poca gente sabe reconocer. Y es que hoy tengo la necesidad y la obligación -tantas semanas ya y todavía no me he acordado de él- de hacer justicia a uno de los mejores actores de todos los tiempos. A un tipo que, desde mi niñez, lleva dándome horas y horas de carcajadas gratis, no sólo viendo sus películas, sino en mi vida, al recordarlo e imitarlo en el día a día, sobre todo con mi hermano, uno de los pocos que comparte mi pasión por él. Tardes nos hemos pasado viendo una y otra vez aquella escena, escuchando aquellos diálogos, descojonándonos literalmente de risa. Así que ahí va: por mí, por mi hermano, por el cine y por el humor. Señoras y señores, con todos ustedes el inigualable, inimitable, irrepetible y magnífico Jim Carrey.
Recuerdo una moto, dos tíos gilipollas sobre ella y mocos congelados en sus narices. Una furgoneta-perro, un retrete sin cisterna en el que alguien caga muchísimo. Dos tontos muy tontos no es, como su propio título puede insinuar, una película para idiotas. Es un viaje de dos auténticos capullos en un coche peludo y con orejas y el privilegio único de asistir en primera persona a sus aventuras y desventuras, a todas las situaciones inverosímiles, guarras y profundamente absurdas que les ocurren. Atentos, simplemente, a este ejemplo: "Una vez cruzamos un Pastor con un Caniche.” "¿En serio? Qué raro.” "Sí. Lo llamamos Pastiche.” O a éste otro: "¿Esos esquís son tuyos?" "Sí.” "¿Los dos?" En fin, tan sólo un par de perlas. Pero es que ahora imagínenselo aderezado con la mayor cara de estúpido que se puede conseguir -la de Jim, por supuesto- y los gestos más exagerados, cómicos y absurdos que se han visto en una pantalla de cine. El prometedor debut de los hermanos Farrelly, que más adelante nos regalarían comedias como Algo pasa con Mary o su mejor obra, de la que hablaré más adelante, Yo, yo mismo e Irene, siempre tendrá un sitio privilegiado en mi estantería de deuvedés. Privilegiado y accesible, por supuesto.
Luego ya están cintas más conocidas como La máscara o las dos del detective de mascotas Ace Ventura. De la primera poco que decir: hace mucho tiempo que no la veo y creo recordar que mi querido Jim no estaba demasiado gracioso en ella, además que esa cosa verde de la cara restaba poderío a su -como a mí me gusta llamarle- interpretación facial. Por otra parte, los filmes de Ace Ventura, si bien le dieron popularidad y lo lanzaron al estrellato de la comedia gilipollesca y desfasada, tampoco logran sacar el que para mí es el verdadero espíritu del señor Carrey. Aunque estén plagadas de momentos insuperables, como el del bebé naciendo a presión o la forma cojonudamente graciosa que tiene Ace de salir del coche tras dar mil vueltas de campana, todavía dejaban al bueno de Jim encerrado en los clichés y en el demasiado extremo personaje del detective, todavía no liberaban su alma rebelde. Pero por fortuna, no tardaríamos demasiado en descubrirla. Porque el también gran cómico Ben Stiller tenía preparado un golpe perfecto.
Y esa película demoledora, que consiguió desatar al auténtico Jim en todo su esplendor de muecas, de dicción, de chistes exagerados, de gestos absurdos y movimientos ridículos, de total y absoluta gilipollez descontrolada, fue Un loco a domicilio. En primer lugar, debo decir que no me gusta el título en castellano; me quedo, sin lugar a dudas, con el original: The Cable Guy. O sea, El del cable. Que es como se denomina a sí mismo en una de las escenas más míticas de la cinta, cuando llama una y otra vez a la puerta con ojos de loco y acaba lanzándose contra ella a medida que chilla más y más, con la mandíbula más y más desencajada. La historia va de un tipo solitario y trastornado que sólo quiere tener amigos y de cómo consigue introducirse poco a poco en la vida de Matthew Broderick hasta volverlo literalmente majara. El número del karaoke, la batalla en el restaurante medieval, el juego de la contraseña con la familia, el increíble final -"eesshh como en la peli Goldenaaaay"-, el toqueteo de la pared para saber dónde va el cable, los flashback a su infancia... Definitivamente magistral, una de las mejores interpretaciones del cine cómico de todos los tiempos. Mi hermano y yo la veíamos, no exagero, una vez al mes más o menos; y ahora que no vivimos en la misma casa la seguimos revisando cada vez que estamos juntos. Y es que Jim Carrey no sólo nos ha hecho reír contemplándolo, sino que se ha metido en nuestra vida, el muy sinvergüenza, y ha marcado nuestro sentido del humor y todas nuestras gracias. Algo sin duda al alcance de muy pocos.
Pero su cumbre no acabó ahí, gracias a dios. Los hermanos Farrelly volvieron a regalarnos una comedia genial, absurda, puerquísima, sobre un policía en plan Ned Flanders que un día estalla y muestra una doble personalidad: Yo, yo mismo e Irene. Ya la sola idea de que su mujer lo haya abandonado y viva con sus tres hijos negros muchísimo más altos y fuertes que él es cojonuda. Pero que se le seque la boca cuando no bebe, que mame del pecho de una madre que amamanta a su bebé, que se empalme sin control cuando Hank lo posee, que se pegue una patada a sí mismo en toda la cara, que mate a tiros a una vaca, que se deslice por el capó del coche de esa forma tan jodidamente graciosa, eso, todo eso, es infinitamente mejor, insuperable, bestial. El dúo con Renné Zelwegger funciona a la perfección -y eso que no soy un fan de la actriz-, con sus puyas sexuales constantes y sus discusiones socarronas. Y qué decir de Lechoso, ese secundario lleno de misterio y desequilibrio mental. O del gran planchazo final de Jim, haciendo un ángel magnífico que resume la carrera y la forma de entender el humor del genio: salta imperioso, tras emitir un heroico berrido, alcanza la postura elegante en lo más alto, y cae total y absolutamente recto sobre el agua del río.
No he querido hablar aquí de películas como The Majestic, como El Show de Truman, como ¡Olvídate de mí!, porque me parece que Jim Carrey, fuera de su histriónico registro, es un actor del montón. Tampoco de Como Dios o estas comedias recientes: ha bajado indudablemente el nivel. Tan sólo me queda mencionar Mentiroso Compulsivo, cinta que volví a ver ayer mismo y muy convencional y enlatada, que sólo se salva por las descojonantes escenas en las que aparece solo haciendo esfuerzos por no mentir -ésa del bolígrafo, por ejemplo.
Así que sí, amigos. Soy fan irredento del bueno de Jim. Alguien capaz de todo, no sólo de actuar, sino de provocar la carcajada constante, de meterse en la vida del espectador y marcar su forma de ver la ironía y el ridículo, la risa y los chistes, las muecas y lo absurdo. Sé que la mayoría de la audiencia no lo soporta. Sé que no es considerado un genio de la comedia. Pero para mí, y al menos también para mi hermano, siempre será ese gilipollas simpático capaz de llamar a Renné Zelwegger "tetitas de queso", capaz de arrancar el corazón de un puñetazo al adversario en la lucha, de sesear mejor que el mismísimo Mariano Rajoy, de retorcer los brazos y el pescuezo a la vez que grita a dios, allá arriba en el cielo, "¡azótame, oh todopoderoso azotador!" Y qué quieren que les diga. Ahí lo tienen. Uno de los mejores humoristas del siglo XX. Jim Carrey. Con todos ustedes.



